El héroe cristiano perfecto: Mío Cid

Rey Alfonso VIPCV.— Dentro de la épica europea, el Poema del Mío Cid tiene una particularidad: su protagonista, Rodrigo Díaz de Vivar —exiliado por el Rey Alfonso— es un héroe perfecto cuyo accionar transforma positivamente el mundo. Además, la concepción trágica de la vida no se aplica cabalmente al Cid —no así a Roldán— ya que al final del poema no muere; es más, triunfa y restituye en plenitud su honor y el de su familia.

El primer cantar relata el exilio del Cid y su pesar por la decisión injusta del Rey Alfonso —al que sigue siendo fiel—, influenciado por los «enemigos malos» que abordaremos más adelante. Tan infundada es la medida de Alfonso que el Cid inicia su travesía con los ojos «fuertemientre llorando»; es decir, con pena y lástima por la acción que lo afecta, que le impide cobijar adecuadamente a sus hombres y que lo aleja de su familia.

Sin embargo, el Cid —perfecta encarnación del héroe cristiano— tiene un sueño cuyo vaticinio es alentador (a diferencia de los sueños de Carlomagno en Roldán):

En cuanto que fue de noche el Cid a dormir se echó,
le cogió un sueño tan dulce que muy pronto se durmió.
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El arcángel San Gabriel a él vino en una visión:
“Cabalgad, cid —le decía—, cabalgad, Campeador,
que nunca tan en buena hora ha cabalgado varón,
bien irán las cosas vuestras mientras vida os dé Dios”.
Mío Cid al despertar la cara se santiguó.
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Esto refleja la ayuda divina que, junto a su perfección ética, le permitirían triunfar, aunque antes deberá derrotar a sus fuerzas internas, como se grafica en el diálogo con la niña pequeña; de ahí en adelante puede vencer cualquier obstáculo externo:

La niña de nueve años muy cerca del Cid se para: 40
“Campeador que en bendita hora ceñiste la espada,
el rey lo ha vedado, anoche a Burgos llegó su carta,
con severas prevenciones y fuertemente sellada.
No nos atrevemos, Cid, a darte asilo por nada,
porque si no perderíamos los haberes y las casas,
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perderíamos también los ojos de nuestras caras.
Cid, en el mal de nosotros vos no vais ganando nada.
Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas”.

Paulatinamente, y gracias a los triunfos militares que obtiene, el Cid dispone de embajadas con regalos para el Rey Alfonso: 30, 100 y 200 caballos refinados. Paulatinamente, pues, el Rey atenúa la distancia que lo separa de este gran caballero cristiano: primero perdona al embajador del Cid —Minaya Álvar Fáñez— y a todos quienes quieran seguirlo:

Y sobre todo lo dicho, os perdono a vos, Minaya, 886
vuestros honores y tierras otra vez os sean dadas,
a vuestro gusto salid y entrad, que estáis en mi gracia;
mas del Cid Campeador no puedo deciros nada”.

Después libera a la familia del Cid:

Mientras vayan por mis reinos les daré manutención; 1356
guárdenlas todo de mal, de ofrenta y deshonor.

 Y, después de la tercera embajada, perdona al Cid:

aquí os perdono, Cid, y os vuelvo mi favor,
desde hoy en todo mi reino acogida os doy yo”.
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No es casual que la estructura vertical propia del medioevo se mantenga en este poema en un solo nivel: Dios permanece a la cabeza, pero el Rey y el Cid comparten un sitial, pues el caballero perfecto y su accionar mejoran al monarca. Pero el Rey es torpe y vuelve a caer al decidir el matrimonio de las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar con los Infantes de carrión, unión que el Cid nunca aprueba del todo:

ya que casáis a mis hijas según vuestra voluntad 2132
nombrad vos quien las entregue, mis manos no las darán
y los infantes de eso no se podrán alabar”.

Y cuando los Infantes maltratan a las hijas, el Cid tiene una nueva oportunidad para mejorar al Rey y exigir reparación.

Siguiendo lo anterior, el Cid tiene dos instancias para restituir el honor familiar y lo hace enfrentando y neutralizando las acciones perversas de sus «enemigos malos». En primer lugar, derrota moralmente al Conde García Ordóñez —instigador de su exilio— al obtener nuevamente el favor del Rey. En segundo lugar, al exigir al Rey Alfonso que los Infantes de Carrión —que también se convierten en enemigos malos— paguen por lo que hicieron. Los enemigos malos del Cid, en definitiva, son los nobles celosos del éxito de un hidalgo: los hijos de alguien temerosos de un hijo de algo.

Ver también:
—El Cid y Roldán de frente
—Citas del Poema del Cid (I)

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