Navidad en Chile: de jolgorio público a celebración privada

No había cena hogareña, menos juguetes. El epicentro de las celebraciones era la Alameda de las Delicias, colmada de fondas, frutas, flores y una llama carnavalesca que comenzó a extinguirse durante el siglo XX. La historiadora Olaya Sanfuentes repasa la forma en que antaño se celebraba esta festividad en el país.

Una crónica de autor anónimo, publicada en las páginas de El Diario Ilustrado a comienzos del siglo XX, describía en estos términos la celebración de la Navidad santiaguina en la Alameda de las Delicias: “Allí convergen todos los alegres en esta noche de júbilo. Y esa multitud abigarrada, trae ramos de albahaca en el pecho, brillo de fiesta en los ojos y vino en la cabeza. Es una fiesta eminentemente popular, legítima herencia española, en que lo profano y lo mítico se confunden hasta lo irreverente”.

Era el ADN navideño. Era diciembre de 1911. Santiago aún contaba con manifestaciones callejeras de la festividad, pero esta tradición era desafiada por el progresivo retroceso del espacio público como epicentro de las celebraciones. Así lo constataba la revista Zig-Zag en la misma época: “El antiguo paseo que en Noche Buena hacía nuestro pueblo cada año disminuye en entusiasmo y concurrencia”.

¿Qué era lo que se estaba perdiendo? ¿Cómo estaba mutando la celebración?

Ofrendas y frutas

En este recuento la fruta tiene un lugar relevante. Olaya Sanfuentes, historiadora y profesora de la UC, ha investigado la presencia de la fruta en la cultura chilena y, también, la devoción al niño Jesús en nuestra cultura. Ambos fenómenos confluyen en una ritualidad propia de la Navidad del siglo XIX: las canastas de fruta que los ciudadanos depositaban en los pesebres apostados afuera de las iglesias.

“La gente de Renca, de Conchalí, de Quilicura, traía de las chacras esta fruta, la vendía para la Pascua, la gente compraba y se la regalaban entre ellos”, dice Sanfuentes.

El regalo existía pero no estaba rodeado del aura consumista que rige hoy. “La gente se regalaba tarjetas, flores, frutas”, plantea la historiadora. La Lira Popular -pliegos sueltos impresos con décimas, adivinanzas y romances- también se hacía eco de esta dimensión: “Reciba como cariño/ Papas de mi Tía Paña, / Le mandó un costal llenito/ De la Chacra de Lo Caña”, eran los versos de una Novena de Nicasio García (ver recuadro).

En la Alameda se instalaban venteros para ofrecer horchata (brebaje azucarado), licores de fruta, ponche a la romana, mote con huesillo, plenitud de fritangas y sopaipillas. Los árboles sí se adornaban, pero se recurría a especies como los duraznos, ciruelos y damascos antes que al abeto, paradigma del hemisferio norte que empezó a aparecer en publicidades a comienzos del siglo XX.

Era una fiesta heterogénea, transversal, profana y religiosa. Muy ruidosa, según Sanfuentes. Y esto era resistido.

La Navidad carnavalesca

En una monografía sobre la religiosidad en Valparaíso, el historiador René Millar incluye una queja enviada por un porteño a “El Mercurio”, en 1887, a raíz de los excesos: “Cuarenta y ocho horas se han pasado caballeros y familias honorables de este puerto sin poder dormir ni mirar a la calle por las insolencias e inmoralidades de todo género que se han cometido dentro y fuera de las chinganas”.

Sanfuentes explica que después de cada celebración se generaban estadísticas sobre el desorden público: número de detenidos, borrachos y heridos en peleas, tal como en Fiestas Patrias. A la preocupación penal se sumaría la sanitaria. El calor de diciembre y la insalubridad propia del espacio público decimonónico generaron problemas.

“Hay veces que la municipalidad (de Santiago) ha tenido que cancelar la fiesta por ataques de cólera. A mediados y a finales del siglo XIX hay epidemias de cólera que impiden hacer ventas de frutas y casi no se celebra. Entonces aparecen los fonderos, los venteros, quejándose al municipio porque ahí venden lo que no venden durante el año”.

El otro inconveniente del jolgorio callejero era de índole moral. “Es una fiesta muy sensual”, dice Sanfuentes. “Están relevados todos los sentidos: tocarse, olerse, mirarse”. De acuerdo a la prensa que revisó, dado el carácter carnavalesco de la celebración -y sus ribetes paganos-, los excesos prosperaban y la gente comenzaba a tocarse mucho, ruborizando a la jerarquía eclesiástica, que en sus sínodos reaccionaba frente a estas situaciones.

Olaya Sanfuentes explica: “Siempre hay esta cosa del carnaval, de la fiesta, que por un lado tienes que dar espacio para que haya celebración, para que mantengas el orden social, pero por otro lado tienes que contenerlo para que no se desborde. Tu ves ese juego fluctuante entre la permisividad y el control”.

También había críticas por el excesivo gasto en que incurrían todos lo estratos sociales. “Hay mucha gente que habla en contra de la celebración y que cómo puede ser que los curas lleven a celebrar así, si hay tantos problemas económicos y la gente se está gastando lo que no tiene”, plantea Sanfuentes. “Hay siempre una crítica a la jerarquía de la Iglesia o a la jerarquía política. Es interesante. Esta fiesta es un espacio de debate público, por todo lo que significa”.

Una fiesta privada

Durante el siglo XIX, la Navidad y las Fiestas Patrias, dice Olaya Sanfuentes, son dos celebraciones “a la chilena”; es decir, con bailes y canto (tonadas y zamacueca), con núcleos básicos (fondas, chinganas y pesebres) y con una fuerte identidad popular.

Además de alegría. Según las recopilaciones de Guillermo Feliú Cruz, cuando Domingo Amunátegui Solar se encontraba en París, en la Navidad de 1886, escribió: “Hay animación y entusiasmo… Pero muy lejos de la alegría chilena. Esto es opaco y triste en comparación de aquello… La chicha, entre nosotros, hace prodigios, y en este país no se conoce”.

Sin embargo, en las postrimerías del siglo cristalizarán algunos cambios en la ritualidad. La industrialización y el desarrollo comercial impondrán un símbolo Navideño por excelencia: el juguete, que hacia 1890 comienza a acaparar tanto las vitrinas del comercio alemán y francés de la capital, como la publicidad de la prensa. Además, la élite paulatinamente abjura de este modo de celebración, optando por participar en bailes de carácter privado, con más champaña y menos horchata.

“Coincide con una especie de segregación urbana de la élite, que se empieza a ir a la calle Ejército, hacia el sur. De ser una fiesta totalmente popular y transversal, donde celebraban todos, lentamente el nuevo urbanismo, las nuevas tendencias, las élites que viajan, comienzan a separarse del pueblo, a tener otra forma de vivir”.

La estética anglosajona o germánica de la Navidad comenzaría a imponerse durante el siglo XX. También las distintas instituciones e identidades de la élite santiaguina serían parte de la segregación y privatización de los acontecimientos urbanos. Lentamente la cena navideña se impondría como el acto culinario por excelencia.
“Lo público y lo privado en un principio, durante toda la época barroca, es tan difícil de distinguir, pero durante el siglo XIX una de las cosas que trae la Ilustración y la modernidad es esta privatización. Las cosas se meten para adentro, son más sectarias, más elitistas”, dice Sanfuentes.

—¿La privatización de la celebración es transversal a los ritos?
“Si ves en comunidades más pequeñas, eso no ocurre. Si vas a celebrar al norte hay fiesta, el pase del niño, que se lo pasan de casa en casa, el tema de los pastorcitos. En general el tema de las fiestas en espacios de comunidades con la tradición mucho más viva y comunidades más pequeñas, el espacio público todavía es muy importante”.
En la devoción navideña, la fruta abundante confluye con la devoción al Niño Jesús.

Navidad, devoción y poesía en la literatura de cordel

Las novenas eran composiciones populares navideñas para nueve días y eran interpretadas por cantoras frente a los pesebres que se instalaban en Santiago. La Biblioteca Nacional ha recolectado algunas novenas publicadas en pliegos hace más de un siglo, específicamente las de los poetas Nicasio García, Rosa Araneda y José Hipólito Cordero.

“La Navidad está muy presente en la Lira Popular”, explica Micaela Navarrete, del Archivo de Literatura Oral de la Biblioteca Nacional. “Especialmente lo que los poetas llaman los ‘Cantos’ o ‘Regalos al Niño Dios’, que son los versos que se han cantado también como villancicos en Chile. El nacimiento del Niño Dios es un tema muy querido por los poetas populares de todos los tiempos, que derraman su ternura para esta ‘familia’ tan divina, pero que vivió y sufrió como cualquier familia de campesinos pobres. Por eso sus ‘regalos’ son cosas hechas o cultivadas por campesinos pobres o gente del pueblo”.

Dejar un comentario

Archivado bajo Historia

Alberto Mayol le habla a los empresarios: “Lo que se derrumbó este año fue el Antiguo Régimen”

  1. Ponencia de Alberto Mayol en la ENADE 2011
  2. Alberto Mayol: “Gran parte de la sociedad vive pensando el dolor” j.mp/rKCa8n 5:25
  3. Alberto Mayol: “Las instituciones eran diques de contención del malestar” j.mp/rKCa8n 7:50
  4. Alberto Mayol: “Lo que salió a la calle en Chile el año 2011 fue la política” j.mp/rKCa8n 9:40
  5. Alberto Mayol: “Lo que se derrumbó este año fue el Antiguo Régimen” j.mp/rKCa8n 12:25
  6. Alberto Mayol: “Es la articulación entre lo económico y social donde hay un problema” j.mp/rKCa8n 15:10
  7. Alberto Mayol: “La educación chilena es un desastre. Y además es desigual” j.mp/rKCa8n 20:35
  8. Alberto Mayol: “Nuestra educación muestra con sus señales un modelo desgastado, caro y malo” j.mp/rKCa8n 23:25
  9. Alberto Mayol: “Tanto la educación como la salud en Chile hacen algo muy simple: construyen un mercado” j.mp/rKCa8n 27:45
  10. Alberto Mayol: “Este gobierno está en crisis: transitar entre el 22 y el 32% de aprobación es un desastre” j.mp/rKCa8n 32:20
  11. Alberto Mayol: “Si fuéramos una sociedad democrática tendríamos claro q la voz del pueblo sí es la voz de dios” j.mp/rKCa8n 41:10

Dejar un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Lecciones simbólicas y materiales de los muros en la historia

La construcción de murallas en ciudades y barrios, para proteger o encerrar, es una constante que mantiene su vigencia. Un seminario en la Universidad Católica abordará sus dimensiones políticas, bélicas y culturales, transitando desde la Gran Muralla China hasta las ásperas fronteras entre Palestina e Israel.

En Carne y Piedra, el sociólogo Richard Sennett describe cómo en medio de la “podredumbre moral” de la Venecia del siglo XVI se acentuó el desprecio por los judíos, a quienes se acusó de diseminar la sífilis y la lepra. La ciudad desechó la expulsión y, en 1515, optó por la segregación en el Ghetto Nuovo , rodeado de agua y conectado por dos puentes. Lo que faltaba era “cerrarlo con un muro”.

Así se selló, en palabras de Sennett, “un espacio profiláctico” que aisló a los judíos de los cristianos, a una minoría considerada corrupta por la mayoría pura. “La ‘ciudad’ quedó establecida como una entidad legal, económica y social demasiado amplia y variada como para vincular a todos sus habitantes”, escribe el autor.

El episodio veneciano ilustra un nutrido historial de separaciones, apartamientos y divisiones, donde las murallas y barreras han sido protagonistas, con una transversalidad geográfica que abarca distintas sociedades y épocas. Incluso hasta hoy.

“Es sorprendente ver cómo se construyen muros en una era llamada ‘globalización’”, afirmó el intelectual Tzvetan Todorov en una entrevista que concedió el 2010. Todorov, quien vivió las restricciones de circulación de la Cortina de Hierro en Europa, hacía alusión al muro divisorio entre Palestina e Israel, pero también a nuevos tipos de barreras dentro de la ciudad: “sistemas de protección para hogares de lujo”, en sus palabras.

Otros pensadores como Noam Chomsky han hablado del “muro como arma”, ya sea para quitar tierras como para impedir los flujos de inmigración, afectando la cultura y sociabilidad. El caso del Muro de Berlín, una sangría que perduró en la ciudad alemana por 28 años, es paradigmático.

“Aunque la caída del Muro haya sido hace 20 años, sigue existiendo esa diferencia entre el occidente y el oriente de Alemania”, asegura Johannes Rehner, académico del Instituto de Geografía de la Universidad Católica. “La pregunta en Alemania es hasta qué medida esta percepción de esa diferencia es algo que todavía se relaciona directamente con la confrontación de esos dos sistemas, o es un tema de identidad regional”.

Rehner propone que la discusión sobre los muros debe ser planteada en diferentes escalas -local, nacional-, con diferentes objetivos -proteger, encerrar, dividir- y diferentes percepciones entre lo propio y lo ajeno, entre la inclusión y la exclusión, de acuerdo al contexto social y político.

Junto a otros seis académicos, Rehner participará en el seminario “Muros con historia”, organizado por el Instituto de Historia de la UC entre el 17 de octubre y el 5 de diciembre. Los temas van desde los muros sociales a hitos como el Muro de Adriano y la Gran Muralla China, llegando a las divisiones modernas, vistas con el cedazo de la geografía, la ciencia política y los estudios urbanos. Una oportunidad para discutir los vestigios materiales y simbólicos de los muros.

Vigencia del muro: las experiencias recientes

Tanto en la frontera de Estados Unidos con México como en los porosos límites entre Israel y Palestina se han erigido muros polémicos. En octubre de 2006, el Senado estadounidense aprobó la construcción de una “reja de seguridad” en su frontera sur para detener la inmigración ilegal y el tráfico de drogas. Sus críticos cuestionan el daño al medio ambiente, la división de las escasas comunidades aborígenes remanentes y el peligro para quienes intenten cruzar. La amenaza de los carteles de la droga que operan en el norte de México fue otro catalizador para su construcción.

Alrededor del año 2000, tras los atentados de la llamada “Segunda Intifada”, Israel también levantó un muro-reja en la frontera con Cisjordania. En una década el número de ataques efectivamente ha disminuido (argumento que enarbolan los partidarios de la medida), aunque también se excedió en los límites establecidos, anexionando territorio palestino (argumento de sus opositores).

El cientista político Roberto Durán cree que la decisión de levantar el muro-reja en Israel responde a una decisión abrupta. “Llevar adelante una decisión en momentos en que probablemente la racionalidad no es lo que prima, no es una buena decisión. Creo que en el ámbito israelí no fue bien recibida”.

—¿El muro es una negación del diálogo político?
“Más que una negación es una decisión que apunta a que el diálogo de las dos partes esté postergado”.

Para Johannes Rehner, “lo que se construye en Estados Unidos, en Israel, en condominios, siempre son muros que tienen una legitimación a partir de la protección de uno hacia el otro. A pesar de todos los procesos que se han observado en los últimos 20 años, de acercamiento, de término de ciertas confrontaciones a nivel global, pienso que la tendencia es a construir identidades propias diferentes a lo que son los otros, construir ideas muy fuertes en el colectivo, que el otro se puede caracterizar por ciertos elementos, y ese otro es una amenaza para mí”.

Adriano traza un límite

Una isla, una visita y una política. Desde el año 122 d.C., el emperador Adriano realizó un recorrido por las provincias occidentales del Imperio Romano. El historiador Nicolás Cruz relata que cuando Adriano llegó a Britania decretó el levantamiento de un muro para fijar la extensa frontera imperial en la isla, para así proteger el sur “de los ‘pueblos belicosos’ del norte”.

“Comenzó así a levantarse la construcción más importante e imponente del sistema fronterizo del Imperio romano. Cabe tener en cuenta que la visita de un emperador a una de las provincias implicaba la construcción de obras importantes que destacaran la importancia del huésped y dejaran un recuerdo del paso imperial por el lugar”.

Cruz explica que la edificación de este muro -más la empalizada en la frontera de Germania Superior- modificó la política expansiva de Trajano, su antecesor. “Se trataba de la reedición de una antigua polémica al interior de un poder romano dividido entre la expansión ilimitada y la mantención de lo conseguido. Para Adriano, las construcciones fronterizas debían constituir una marca clara de hasta dónde Roma extendía su poder, lo cual implicaba, automáticamente, indicar qué espacios no eran considerados de su interés”. Según el historiador, así se pretendía separar a los romanos de los bárbaros, y las poblaciones que quedaban en su interior experimentaban el control imperial. “El muro -dice Cruz- significó cortar el norte y el sur y con ello una serie de flujos y tráficos que se daban desde tiempos inmemoriales. Por otra parte, los estudios sobre las fronteras en la historia han demostrado que éstas nunca funcionaron con la eficiencia que desearon quienes las proyectaron. Habitadas por seres humanos, cuidadas muchas veces por originarios del mismo lugar, fueron más abiertas de lo que indican los informes oficiales”.

Muralla “empapada en lágrimas”

Para la historiadora María Montt, directora del Instituto Confucio UC, no se puede hablar de “construcción” de la Gran Muralla China -ayer símbolo territorial, hoy ícono turístico-, sino que de “construcciones” divididas en cinco etapas: la previa a la dinastía Qin; desde la dinastía Qin; la dinastía Han; luego un período de menor intensidad, y, posteriormente, desde la dinastía Ming, siglo XIV en adelante.

“El protagonismo y simbolismo de la muralla ha ido cambiando a través de los tiempos. Adquiere mayor sentido hablar de un entramado de murallas que de una sola muralla”.

Montt asocia a esta muralla las ideas de “unión”, “poder” y “supremacía”. “El límite que establecía la muralla varias veces fue sobrepasado por los límites del imperio chino y durante largos períodos funcionaba más bien como camino que como muro divisorio, incluso burlada por sobornos o sobrepasada en los sectores donde, simplemente, no había muros”.

—¿Qué traumas, conflictos o fracturas sociales generaron las construcciones?
“Muchas veces se habla de la gran muralla como una ‘vieja estructura empapada en sangre y lágrimas’ o ‘el mayor cementerio del mundo’, haciendo referencia a los muertos víctimas de la construcción del muro. Hasta el día de hoy, la Gran Muralla despierta controversias en torno a los objetivos por la cual fue construida y cómo ha sido utilizada”.

Los muros ideológicos

Según Johannes Rehner, los muros pueden marcar en un sentido material y en un sentido imaginario. “Son ideas de fronteras que están en el territorio, que uno las siente, que separan un territorio que yo percibo como mío, y qué es lo que yo percibo como lo otro, como el territorio de otro grupo social”. La Cortina de Hierro fue un epíteto de la Guerra Fría y una barrera ideológica, política y militar que dividió simbólicamente a Europa durante gran parte del siglo XX.

“Los sistemas marxistas no podían existir sin la prohibición de viaje, salvo para pequeños grupos, para personas designadas con garantías”, dice el historiador Joaquín Fermandois. “La gente que era una carga para el Estado las dejaban ir. En Yugoslavia, en la década del 60, se empezó a abrir la llave; es el único que podría ser, en cierta manera, una excepción”.

Fermandois explica que una de las características del bloque soviético era impedir la libertad de movimiento. “A la inversa era diferente: la gente huía en masa de los sistemas comunistas a otros y no a la inversa. Fue una característica permanente en toda la historia. Y el sistema cae cuando el muro cae; hay una correlación muy grande con eso”.

El historiador indica que la Cortina de Hierro era lo mismo que el Muro de Berlín, salvo que en esta ciudad cobró materialidad “de concreto”, mientras que en el resto de Europa tenía forma de alambre de púas y minas. “Es importante tener en cuenta que aunque siempre hubo Cortina de Hierro en las dos Alemanias, en Berlín por estar bajo un estatus especial, antes de 1961 había libertad de movimiento y por ahí se estaban yendo muchos grupos importantes de Alemania Oriental a Alemania Occidental. Para poder sobrevivir el régimen prohibió eso y la única solución fue un muro, que es el gran símbolo”.

Dejar un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Josué Smith Solar: el legado y la visión de un gran arquitecto olvidado

El 13 de octubre se lanza un trabajo de investigación que aborda el legado de uno de los arquitectos más versátiles y autónomos de la primera mitad del siglo XX chileno. El libro “Smith Solar & Smith Miller Arquitectos”, editado por la Universidad Finis Terrae, con el apoyo de “El Mercurio”.

¿Cuál es el común denominador de un legado arquitectónico que puede ser adjetivado como ecléctico, neogótico, neoclacisista, medievalista, tudoriano, historicista, modernista y renacentista español, erigido a través de casi 50 años? La variada trayectoria de Josué Smith Solar (1867-1938), creador genial, solitario y de avanzada, arroja algunas líneas en la ecuación.

El arquitecto Mario Pérez de Arce es autor de “Smith Solar & Smith Miller Arquitectos”, publicación que será editada por la Universidad Finis Terrae y auspiciada por “El Mercurio” y la empresa Amesti, y que será lanzada el próximo 13 de octubre, a las 19:30 horas, en el Club Hípico. En más de 200 páginas, con abundantes dibujos, imágenes e ilustraciones, el libro constituye la más completa recopilación fotográfica y archivística de la obra de Smith Solar que se ha realizado en Chile.

No fue una tarea fácil, habría que agregar. Pérez de Arce explica que décadas después de la muerte de Smith Solar, sus archivos fueron ofrecidos a aquellas universidades que impartieran la carrera. Sin embargo, ninguna quiso recibirlos, sus herederos no pudieron albergarlos, y terminaron desapareciendo en el implacable mercado de cartoneros y recolectores de papel usado.

“Eso a mí me impresionó mucho, porque junto con tener el más vivo interés con intentar resucitar a este muerto tan sepultado y desaparecido, me golpeó fuerte pensando que yo también soy arquitecto, yo también creo que lo que estoy haciendo es indestructible y eterno. Y no sólo no es así: todo es muy efímero”.

Un profesional ensayista

Chillanejo, hijo del norteamericano Silas Baldwin Smith y de Leonor Solar, Josué Smith vivió episodios que incidieron en su futuro profesional al margen de la realidad local: se formó como arquitecto en Estados Unidos, recorrió Europa en bicicleta junto a unos primos, se maravilló con el Kremlin y el arte moscovita, volvió a Norteamérica, y se convirtió en discípulo de Theophilus Chandler, cultivador del gótico victoriano. Viajó a Chile ya casado, con Cecilia Miller, para ver la construcción del ferrocarril trasandino, y arribó a Santiago en 1894; tenía 27 años de edad.

Lo que sería un periplo breve se transformó en una residencia permanente. Lo que sería una vida de arquitecto devino en una mixtura de ingeniería, paisajismo, urbanismo y construcción, trazando un camino propio dentro de la arquitectura nacional.

Mario Pérez de Arce sostiene que este trayecto alejó a Smith Solar de los cánones de la arquitectura chilena. “En ese momento Estados Unidos era un país que se estaba inventando, con una creatividad enorme; se estaban haciendo los puentes sobre el río Hudson, se elevaban edificios de una altura nunca vista. Era un momento de boom y de altas metas. En su memoria no debe haber cabido la imagen de la edificación tradicional nuestra, austera, modesta y pobre. Creo que ésta tiene grandes valores, pero al lado de lo que él estaba experimentando, lo que vivió en Chile significaba relativamente poco”.

La obra arquitectónica de Josué Smith Solar suele describirse como inclasificable; nunca adhirió formalmente a la Bauhaus o a los postulados de Le Corbusier, no tuvo vínculos con la academia, y sólo se asoció con sus retoños. Como un péndulo, extrajo elementos de distintas vertientes estilísticas y ensayó variadas personalidades.

Pérez de Arce divide esa vida profesional en dos etapas. La primera, entre fines del siglo XIX y 1920, cuando trabaja solo, interviene las fachadas continuas del centro de Santiago, construye chalets en Providencia y en la costa, y se nutre del concepto de la “ciudad-jardín”. La segunda etapa se inicia en 1922, cuando se asocia con su hijo José, forman una de las mejores oficinas de arquitectos del país, dejan legados imborrables en la fisonomía de Santiago y otras ciudades, vuelve al historicismo y, finalmente, se asoma a la modernidad.

Arquitectura doméstica

El primer edificio importante que le encomiendan a Josué Smith Solar —el nuevo Teatro Municipal de Chillán— jamás se construyó. Siendo un extranjero en su propia tierra, tuvo que enfrentarse a dificultades como la carencia de una red de contactos. “Él llegó como un inmigrante a buscar trabajo en forma desesperada, a presentarse a propuestas de ferrocarriles, a tratar de partir de abajo. No llegó a un ambiente regalado en que fuera reconocido como un importante arquitecto”, dice Pérez de Arce.

El investigador describe a Smith Solar como una persona que vivía exclusivamente “en su oficina y su familia”. Gozaba de la plenitud de su hogar y de sus diez hijos —con los que hablaba inglés—, e incursionó en la interpretación de piano, mandolina y banjo. No tuvo vida social activa, no buscaba destacarse en los eventos sociales. Se cuenta que cuando perdió el concurso para diseñar el Club de la Unión —realizado, a la postre, por Alberto Cruz Montt—, habría permanecido encerrado en su pieza durante un mes.

Su carácter retraído no evitó, sin embargo, que con el tiempo fuera uno de los arquitectos predilectos de la élite criolla. Algunos conspicuos nombres que con el tiempo integrarían su cartera de clientes fueron Pedro Torres, Hernán Gana Edwards, Alejandro Valdés o Arturo Alessandri Rodríguez.

Su impronta también quedó incorporada en los balnearios en boga: Papudo, Zapallar, Viña del Mar, Cartagena. Algunas de esas obras fueron grandes casonas herederas del estilo Tudor o “inglés” que lo acompañaría durante esta etapa, al punto de que muchos considerarán al edificio del Santiago College (iniciado en 1931 y continuado por sus hijos) como parte de esa inclinación, cuando en realidad se inspiró en el renacimiento español.

En estos proyectos debió acatar los peculiares requerimientos de sus clientes (algunos pedían que la altura de los pisos fuera “de pie con el sombrero en la mano”). Un paradigma de esto fue el encargo de María Luisa Mc Clure de Edwards, quien solicitó a Smith Solar que construyera en Zapallar una copia de la llamada “Casa del carnicero Knochenbaueramthaus”, ubicada en Hildesheim, Alemania, que data de 1529. El arquitecto acató creativamente.

“El resultado —escribe Pérez de Arce— es una casa que, pudiendo haber bordeado el límite de lo absurdo, se constituye en la característica inseparable del lugar”.

Los grandes proyectos

El fin de su etapa solitaria llegó con la creación de la oficina Smith Solar & Smith Miller, en 1922, que llevó a cabo obras notables en el país: desde el Club Hípico hasta el Hotel Carrera, desde el Ministerio de Hacienda hasta la refacción de la fachada sur de La Moneda.

¿Qué caracterizó a esta etapa? Primero, los materiales. La marquesina del Club Hípico es pionera en el uso de hormigón armado y desafió la desconfianza de los apostadores, que temían un colapso de la estructura. “Fue una obra que causó escalofrío en su momento, por su longitud, por su falta de apoyo. No se vino abajo, y todavía está en pie”, dice Pérez de Arce.

Segundo, el emplazamiento. La Universidad Federico Santa María no sólo es un edificio sobrecogedor; su sitial —dice Mario Pérez de Arce— ”participa de esa ubicación espléndida, señera”, entre Viña del Mar y Valparaíso, tal como lo hizo en el desaparecido y recordado chalet Saint Georges, en el Cerro Castillo.

Tercero, el respeto. En 1929, Carlos Ibáñez del Campo emprende la remodelación de La Moneda para sacar los sectores donde aún se acuñaban monedas. La oficina Smith Solar & Smith Miller recibe el encargo, y, lejos de otras propuestas que aspiraban a inflar de estucos afrancesados el frontis del inmueble, Josué Smith opta por darle el protagonismo a Toesca —el primer arquitecto de la obra—, y realiza una fiel prolongación. “Creo que hizo una obra magistral, además de un acto de humildad, de modestia”, reflexiona Mario Pérez de Arce. “Nos ha dejado una herencia exquisita en ese edificio”.

En las postrimerías de su vida, Josué Smith Solar coqueteó con el Art Deco y la arquitectura funcional, lo que se expresó en su diseño ingenieril del Puente del Arzobispo. Fue su viraje hacia un modernismo ya explorado en el Ministerio de Hacienda y el Hotel Carrera, alguna vez los edificios más altos de Chile y ejes estilísticos de la renovación del barrio cívico que pronto iniciaría el urbanista austríaco invitado a Chile, Karl Brunner.

Creadores postergados

Mario Pérez de Arce cree imperioso rescatar a otros arquitectos como Josué Smith Solar. Menciona a Escipión Munizaga y Ricardo Larraín Bravo, cuya obra ha sido recientemente divulgada por la U. Diego Portales. Y propone otros nombres. “Siegel y Geiger, los arquitectos del Banco de Chile. De ellos no quedó un testimonio escrito y debe haber sido una oficina tremendamente interesante. También don Exequiel González Cortés, un arquitecto que dejó una enorme cantidad de obras; (Gustavo) Mönckeberg y (José) Aracena, que hicieron muchas escuelas a lo largo de Chile. Hay una especie de época, la primera mitad del siglo XX, que la tenemos poco investigada. A lo mejor me equivoco y hay muchos investigadores que están trabajando secretamente. Ojalá sea así”.

Dejar un comentario

Archivado bajo Arquitectura

Sudor, lágrimas y carcajadas en la historia del circo chileno

Después de tres años de investigación se publica el primer registro escrito y visual que sistematiza los hitos, desarrollos y vestigios del mundo circense en nuestro país. Para septiembre, la Biblioteca Nacional prepara una serie de actividades relacionadas.

Patricio Contreras Vásquez

Por mucho que se le desee olvidar, el terremoto del 27/F dejó heridas abiertas, desnudó realidades y nos familiarizó con localidades pequeñas como Dichato, Duao o Boyeruca. Ese día en Iloca -casi 400 habitantes, cuna del ahora famoso Víctor “Zafrada” Díaz- estaba el circo de Las Montini, destruido por la ola maldita.

El maremoto derribó la carpa y arrastró jaulas y trailers con violencia. También trastocó un punto de encuentro, un eje cultural y artístico, especialmente en aquellas zonas del país ajenas a circuitos tradicionales del espectáculo. Un año después, Las Montini volvieron gracias al apoyo de las autoridades, la comunidad y, por cierto, la tenacidad de sus dueños.

Esa esencia y persistencia del circo, su historia, anécdotas, tradiciones y mitos -lo que vive y se perpetúa en la carpa- es lo que la investigadora Pilar Ducci recogió y sistematizó en “Años de circo”, libro que será lanzado el próximo jueves 8 de septiembre en la Biblioteca Nacional, junto a una serie de actividades (ver recuadros).

Destilado de tradición oral

En 1827 recaló en Valparaíso el Circo Ecuestre Bogardus, el primero en llegar al país y “piedra angular” en el desarrollo de nuestros circos, como escribe Ducci. Una década después, en 1840, el Bogardus volvería a Chile con el primer elefante, acompañado de monos y camellos. Así se inauguró la exhibición de animales exóticos en el país y se estimuló la creación de compañías criollas.

Para investigarlas, Ducci trabajó a la par con el fotógrafo Francisco Bermejo, quien la motivó a postular a un Fondart. Hace dos años, en las páginas de “Artes y Letras” entregaron un prematuro y desalentador diagnóstico, que luego se confirmó en la práctica: en Chile hay escasa investigación sobre el circo.

Raro, dicen Bermejo y Ducci, pues en los prolegómenos del cine nacional se constató su importancia. “La primera película chilena es sobre un circo: Pedro Sienna, ‘Los payasos se van’, de 1921″, cuenta Bermejo. “Está basada en una obra de teatro de Hugo Donoso y habla de un tipo de alta alcurnia que se va con un circo”. Pero la atención de las artes siempre se canalizó por la parte estética antes que la operativa e histórica.

Dada la carencia de registros, Ducci se sumergió en los archivos de prensa y obtuvo información a partir de extensas conversaciones con miembros de más de 60 circos (acumuló seis gigabytes en grabaciones de audio). Su mérito consistió en destilar los diálogos para dar cuenta de una cultura familiar, hereditaria y llamativa, el “anecdotario colectivo de la gran familia circense”, como escribe en las primeras páginas de “Años de Circo”.

“La gente que no es de circo mira con mucha curiosidad y con mucha sospecha”, plantea Ducci. “Pero igual nos atrae mucho, nos gusta”. Esa seducción por los atractivos circenses, el humor, la magia, las acrobacias, la doma de animales y la alegría tiene una historia que se arrastra desde la Colonia, que a mediados del siglo XIX toma forma en su expresión moderna y que hoy se mantiene con desconocida vitalidad.

Todo chileno es un payaso

El atractivo del circo es mundialmente transversal -el Cirque du Soleil es un paradigma mediático-, pero en Chile se ha caracterizado por algunas variaciones.

Por ejemplo, la llamada “segunda parte”. La primera parte del espectáculo constaba de trapecio, malabares; el intermedio podía ser musical o de descanso; y luego, la “segunda parte” era usualmente un número folclórico.

Para Pilar Ducci, la actividad musical es inseparable de los circos. El punto cúlmine de este matrimonio llegó con la irrupción del “Circo Águilas Humanas”, que debutó en 1940. Su dueño, Enrique Venturino, tuvo habilidad para explotar la marca, empleó a 300 personas, dispuso amplias carpas (en la temporada de 1957 tendrán casi 150 mil espectadores) y trajo grandes atracciones internacionales.

“Cuando los artistas no tenían salas de teatros, sobre todo a principios de siglo, no existían managers o gente que te moviera como artista”, cuenta Ducci. “El circo era el escenario natural, viajaban por todo Chile. Y los ejemplos son emblemáticos. Violeta Parra partió en circo. Óscar Parra Sandoval, su hermano, todavía está vivo, es payaso -está viejito, no anda en circo-, pero es el Tony Canarito. Los Huasos de Pichidegua, los Hermanos Campos, Guadalupe del Carmen. Y todos los cantores populares: Marcelo, Cecilia, el “Pollo” Fuentes. Todos los de La Nueva Ola”. Esta dimensión se desvaneció con el tiempo, marcando una ruptura entre circo y folclor.

Un segundo ejemplo es la singularidad de nuestros payasos, “el alma del circo” y “el único acto esencial”, como se escribe en el libro. “El payaso encarna al chileno cien por ciento”, asegura Ducci. “Nosotros conocimos a un viejo payaso, Chamaco, que murió dos semanas después que hablamos con él, y decía: ‘En todo chileno hay un payaso’”.

La investigadora instala comparaciones con otros exponentes internacionales: el ruso es un payaso silencioso, solitario; el español actúa en duplas o tríos y no son hablantes; el chileno, en tanto, es improvisador, muy hablante, monologuista y, por sobre todo, físico y acróbata.

La exclusividad de este perfil se expresó en un recorte de prensa de 1961, hoy en posesión de Héctor Aguilera, el Tony Colihue: “Chile: país exportador de salitre, cobre poetas y payasos”.

El cosmopolitismo circense

Una ley de 2007 reconoció “la actividad circense nacional en cuanto manifestación de la cultura chilena”. Al mismo tiempo que efusivos patriotas, sin embargo, los circenses están dotados de un perfil cosmopolita, de viajeros del mundo. Y, en ese sentido, no han desteñido en carpas internacionales.

Pilar Ducci sugiere un ejercicio: ¿cuántos actores o deportistas chilenos destacan afuera? La cifra puede oscilar entre 10 y 20, respectivamente. “¿Cuántos circenses brillan? Por lo menos 300 posicionados en grandes circos de afuera”. Esa cifra se refirma con otra: durante septiembre de 2010, sólo en Santiago se instalaron más de 60 circos.

Difícil es precisar su número exacto -los circos nacen espontáneamente, se escinden, se absorben-, como también trazar una genealogía del árbol familiar que ha sustentado la actividad. La carpa es su única georreferencia, nómade y trashumante como sus dueños.

“Ahí, en la carpa -dice Francisco Bermejo-, está reflejado lo que siempre nos dicen o usamos para presentarnos fuera. Esa cosa del chileno pillo, busquilla, está representado en el circo, en el espectáculo y está representado mejor incluso en la vida cotidiana dentro del circo”.

Música, cine y circo en la Biblioteca Nacional

A las seis de la tarde del 1 de diciembre de 2010, los habitantes de Rapa Nui asistieron a la primera función de circo realizada en la isla. El fotógrafo Francisco Bermejo aprovechó la instancia para grabar un documental – “El circo en Rapa Nui”- cuyo adelanto será estrenado el 8 de septiembre en la Biblioteca Nacional, recinto que hospedará la exposición “Circo Chileno” , realizada con el apoyo de la Unesco, el CNCA y el auspicio de Corporación Cultural La Araucana. Al día siguiente el conjunto de música Los Trukeros presentará “Maromero” , un trabajo que reúne cuecas de circo. En la Biblioteca se exhibirán fotografías patrimoniales, afiches, vestuarios y objetos. Habrá charlas con gente de circo -Tony Copucha y Tony Cuchara-, talleres, mesas redondas y exhibición de filmes como “Le Grand Cirque Calder” (1927), de Jean Painlevé, y “El Circo Chamorro” (1955), de José Bohr. El portal Memoria Chilena estrenará un nuevo sitio temático con documentos digitalizados, contribuyendo al acervo documental del circo en internet. Para información sobre la venta del libro de Pilar Ducci escribir a hoycirco@gmail.com.

Dejar un comentario

Archivado bajo Comunicación