3 Noviembre 2009

A los cien años muere Claude Lévi-Strauss, 1908-2009

PCV.- Uno de los intelectuales más destacados del siglo XX falleció a los cien años. El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, padre del enfoque estructuralista de las ciencias sociales, estaba próximo a cumplir un año más el 28 de noviembre. Las causas de su deceso aún no son comunicadas. Deja tu mensaje de despedida. {Noticia en desarrollo}

Seguir leyendo:

Obras:

  • Razas e historia
  • Tristes trópicos
  • El pensamiento salvaje
  • Lo crudo y lo cocido
  • De la miel a las cenizas
  • El origen de las maneras en la mesa
  • La ruta de las máscaras
  • La mirada alejada
  • Mirar, escuchar, leer

3 Noviembre 2009

Diario Marca le da duro a Pellegrini*

PCV.- La sorpresiva derrota del Real Madrid frente al Alcorcón desató la furia del principal diario deportivo de España. Revisamos los editoriales que Marca publicó en octubre, ese mes donde la revolución de Pellegrini, la esperada explosión de la supernova galáctica de Florentino Pérez, no llegó. El octubre rojo de Marca. Ver más+

{*Artículo publicado en Puroperiodismo}

1 Noviembre 2009

Cosmópolis in situ: Música antigua en la UC

PCV.- En el marco de la Temporada de Conciertos 2009 del Instituto de Música UC, el jueves 29 de octubre se presentaron obras de autores americanos y europeos del siglo XVII y XVIII, inspirados en las formas musicales propias del barroco italiano. El programa se estructuró en base a dos géneros: la cantata (voz sola o con acompañamiento de instrumentos) y la sonata (para uno o más instrumentos).

Como muestra de las piezas interpretadas les dejamos A cantar un villancico, sainete a duo de Roque Ceruti [1683-1760].

24 Octubre 2009

La cultura del “picoteo” de noticias*

PCV.- El 2008, Maggie Jackson, periodista de The Boston Globe, publicó Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age, una obra que alerta sobre los altos niveles de desconcentración que han fragmentado nuestras relaciones. En esta entrevista con Puro Periodismo, Jackson da algunas luces para prevenir un porvenir oscuro. Ver más+

{*Artículo publicado en Puro Periodismo}

23 Octubre 2009

Andrés Bello y la inauguración de la Universidad de Chile

Andrés BelloINTRODUCCIÓN
Andrés Bello (1781-1865) nació en Venezuela, pero luego de residir largo tiempo en Chile recibió la nacionalidad por gracia. Intelectualmente se formó durante el periodo colonial, en una Caracas tranquila y ordenada, y también en Londres, donde residió integrando una misión diplomática junto a Simón Bolívar. En 1829 los liberales chilenos —Francisco Antonio Pinto entre ellos— trajeron a Bello de vuelta a su América querida. Según Iván Jaksic, estudioso de su obra, Bello intentó buscar en Chile la estabilidad de su juventud, ahora con su familia[1]. Pese a los numerosos ataques que recibió mientras vivió en nuestro país, Bello impulsó la historiografía, fortaleció la discusión jurídica, sentó las bases para el Código Civil que aún se mantiene vigente y, fundamentalmente, se desempeñó como rector de la Universidad de Chile. A partir de su discurso de inauguración[2], pronunciado hace casi 166 años, desarrollamos este segundo taller.

1. IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN DE LOS PUEBLOS SEGÚN ANDRÉS BELLO
Después de un exordio donde se deshace en elogios hacia los ministros y autoridades presentes, Andrés Bello argumenta sobre la importancia de la Universidad, en particular, y de la educación, en general, en el devenir de los pueblos.

«Todas las verdades —dice Bello— se tocan». Bajo esta proposición desarrolla su idea de la importancia de la educación: si viviéramos en una sociedad despótica o esclavizada (Asia y África son sus ejemplos), donde una sola voz enarbola los dogmas y axiomas de forma incuestionable, nuestra civilización no tendría ansias de progreso, búsqueda de mejoras sociales y anhelos de libertad: estaría, en otras palabras, entrampada en una oscuridad opresora. Y para discutir —no destruir— esas verdades, la educación es esencial.

Así como los griegos y los romanos cultivaron las letras, origen de la libertad civil, Bello ve un estrecho vínculo entre la religión católica —principal difusor educativo de la época—y las letras: la revelación y la naturaleza interpelan al hombre en términos similares, y éste no puede desatender al llamado recibido. Bello cree que la ciencia y las letras logran aumentar los placeres y goces del individuo, y es precisamente el ejercicio de estos saberes, el enriquecimiento constante de los mismos, un placer: «que […] sacude de nosotros aquella inercia a que de otro modo nos entregaríamos en daño nuestro y de la sociedad».

Bello parece decirnos que la educación, el placer por aprender, nos abre nuevas perspectivas, estremece nuestro interior: «El entendimiento cultivado —nótese la similitud con Kant— oye en el retiro de la meditación las mil voces del coro de la naturaleza: mil visiones peregrinas revuelan en torno a la lámpara solitaria que alumbra sus vigilias».

Sin embargo, no es sólo este goce por el saber lo que mueve el discurso de Andrés Bello; como al comenzar, cuando no pudo desvincular la religión de la moral —un binomio inseparable—, Bello acepta que la educación eleva el carácter moral del pueblo, esa masa que puede caer bajo las seducciones fáciles y corruptas. Es en esta línea donde el autor sitúa la importancia última del oficio de la educación, y es por ello que clarifica un rol que tendrá la Universidad de Chile: velar por el desarrollo de la instrucción primaria, los primeros pasos de la educación del futuro de Chile, aspecto al que volveremos en el punto dos de este taller.

Además, Bello cree en la dinámica de los círculos virtuosos en el plano educativo: «No bien brota en el pensamiento de un individuo una verdad nueva —argumenta—, cuando se apodera de ella toda la república de las letras». Se trata de un determinismo optimista, como el del filósofo Leibniz, de que podemos vivir en el mejor de los mundos gracias a las ideas del hombre. Es la mente humana, y no otra causa, la que promueve y aspira a la plenitud humana. Podrá haber fe y religión —Bello no para de mencionarlas—, pero su concepción ilustrada del progreso es insoslayable.

2. ROL DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE EN LA CONSTRUCCIÓN DEL PAÍS
El círculo virtuoso que Bello describe es parte del rol de la Universidad de Chile frente a la realidad del país: ésta institución, dice, deberá conformar un cuerpo académico expansivo y propagador. Es decir, que intervenga en el devenir de la nación. Y para lograr ello, el saber debe tener una repercusión práctica.

Retomando la idea de la instrucción primaria, sólo con una educación superior fuerte y vigorosa se garantiza el fortalecimiento de las primeras etapas del ciclo educativo formal: «La instrucción literaria y científica —plantea en el discurso— es la fuente de donde la instrucción primaria se nutre y vivifica».

Yendo a un plano más específico, la supervisión sobre la instrucción primaria debe garantizar el adoctrinamiento moral y religioso. Bello cree, en esta línea, que es un deber del funcionario universitario instruir moral y religiosamente al pueblo. Este punto es profundizado con mayor énfasis en el punto tres, cuando este intelectual desmenuce el rol de las ciencias eclesiásticas en la casa de estudios.

No obstante, el caso de las llamadas ciencias exactas es paradigmático de la contribución práctica que mencionamos al comenzar este apartado. Manteniendo la economía agrícola y minera heredada de su pasado colonial, Chile busca abrirse paso hacia los procesos industriales que el Viejo Mundo y los Estados Unidos ya han emprendido y que, por cierto, han abierto caminos de prosperidad —y de miseria[3]— insospechados en el desarrollo humano. Bello se pregunta: «¿Enumeraré ahora las utilidades positivas de las ciencias matemáticas y físicas, sus aplicaciones a una industria naciente, que apenas tiene en ejercicio unas pocas artes simples, groseras, sin procederes bien entendidos, sin máquinas, sin algunos aun de los más comunes utensilios?». Él sabe que la economía debe ser dotada de masa crítica que la impulse por nuevas sendas.

Un último aspecto que es preciso analizar en torno al rol de la Universidad de Chile es puesto por el mismo Bello a partir de la locución latina cui bono o «¿quién se beneficia?». Es precisamente a partir de las repercusiones prácticas de los frutos de la Universidad que la pregunta se instala: ¿será un organismo motivado por la búsqueda de beneficios mediatos? Él mismo da la respuesta: «La Universidad no confundirá, sin duda, las aplicaciones prácticas con las manipulaciones de un empirismo ciego».

Valiéndose de las palabras de Nicolas Arnott, Bello apuesta porque el conocimiento de las leyes generales de la naturaleza nos alejará de la tierra «extraña y hostil», y fortalecerá los conocimientos particulares. Podremos caminar, así, junto a «seres conocidos y amigos», alejados de la ignorancia. Serán estos conocimientos particulares los que determinarán el contenido curricular de la institución que él preside, aspecto que revisaremos a continuación.

3. «EL PROGRAMA DE LA UNIVERSIDAD ES ENTERAMENTE CHILENO»
Si la Universidad de Chile debe intervenir en el desarrollo del país y consolidar sus aplicaciones prácticas, su proyecto curricular debe, por tanto, ajustarse a esa realidad, y sus frutos —los dulces frutos aristotélicos— deben nutrir la realidad local.

Dice Bello:

«La Universidad examinará los resultados de la estadística chilena, contribuirá a formarla, y leerá en sus guarismos la expresión de nuestros intereses materiales. Porque en este, como en los otros ramos, el programa de la Universidad es enteramente chileno: si toma prestadas a la Europa las deducciones de la ciencia, es para aplicarlas a Chile. Todas las sendas en que se propone dirigir las investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos, convergen a un centro: la patria».

El autor parte de una premisa básica: la ciencia es un saber universal; de nada sirve —y dejaría de ser ciencia— si sus resultados no son replicables. Gracias a esta premisa, Bello ve en el desarrollo europeo, en el avance epistemológico de la ciencia —y en ese progreso constante que aseguraba la Ilustración—, los palafitos que sostienen una naciente investigación aplicada a los problemas de la «loca geografía» chilena, como diría Benjamín Subercaseaux[4]. En resumen, la cita se refiere a que si se toman prestadas deducciones de cada disciplina en cualquier parte del mundo, los docentes chilenos se encargan de desarrollarlas en la Universidad, ya que con ello se fortalece nuestra patria. Al respecto, señala:

«La opinión de aquellos que creen que debemos recibir los resultados sintéticos de la ilustración europea, dispensándonos del examen de sus títulos, dispensándonos del examen del proceder analítico, único medio de adquirir verdaderos conocimientos, no encontrará muchos sufragios en la Universidad».

Aunque se tomen elementos teóricos de otros países, siempre se debe conservar la esencia chilena, ya que hay una serie de factores que influyen: clima, costumbres, comidas, etc. Pero el objetivo siempre será el mismo, dependiendo de la disciplina. A fin de cuentas, lo que hace Bello es desconfiar del saber por el mero saber, del desarrollo de una universidad antes como infraestructura y tradición que como mecanismo de progreso útil. Ejemplos de esta confianza ilustrada —y proactiva diríamos hoy— son las definiciones de las disciplinas que Bello desmenuza en su discurso inaugural. Revisemos algunas de ellas.

Las ciencias eclesiásticas[5], dice, requieren de la formación de ministros del culto para proveer al pueblo de una adecuada educación moral y religiosa; es decir, sólidos conocimientos del dogma y la historia de la fe, el sostén espiritual de una comunidad que se congrega política y religiosamente. Su diagnóstico es claro: la herencia colonial española perdura a través de la religión y es, por tanto, garantía de cohesión social.

Las leyes, en tanto, son aquellas que tienen directa relación con la vida cívica de la república. Su utilidad, sus resultados, las mejoras que propicien, «es lo que principalmente espera de la Universidad el gobierno». Pero como esta nación recién nace, la legislación debe nacer al mismo tiempo con ella, ser gemelos en cierto modo, y, fundamentalmente, ser purgada de las lacras del despotismo que el pasado colonial dejó impregnadas. Para dar luces en esta línea, Bello propone volver al estudio de los romanos y su base jurídica, campo de estudio que aún permanece en la formación universitaria de los abogados.

La economía —y de esta disciplina nace la cita que destacamos— deberá leer en los «guarismos» de la sociedad la expresión de nuestras necesidades. Ejemplo de ello son los censos de población que aclaran la distribución espacial de nuestros habitantes.

Otro ejemplo es en la medicina: aunque se apliquen distintas fórmulas o reglas, su plan seguirá siendo el mismo; tomando en cuenta el tema de la higiene, tendrá el mismo objetivo (la conservación de la salud), pero se enseñará y se aplicará de diferente manera. La medicina deberá diagnosticar el entorno físico y medioambiental del hombre. Pero ligando sus frutos al desarrollo nacional, delineará los avances en materia sanitaria o, en el decir de la época, «de la higiene privada y pública».

Por último está el departamento literario que depura las costumbres y afina el lenguaje. La idea de comunicación diáfana, de ideas prístinas —propias de naciones civilizadas—, proviene de esta disciplina. Y el estudio de la lengua propia se multiplicará con nuevas voces que encaren las nuevas ideas.

CONCLUSIÓN
Andrés Bello fue un intelectual de peso en la conformación de nuestra república. Su discurso de inauguración de la Universidad de Chile da cuenta de su pensamiento en torno a la importancia de la educación: para él es un ejercicio que enmienda el rumbo de un pueblo y lo aleja de la barbarie. En esta línea, la universidad debe ponerse al servicio del país, partiendo por la supervisión de la instrucción primaria, pasando por el soporte espiritual y moral, y culminando en los resultados prácticos de las disciplinas que ahí se cultivan y que deberían repercutir positivamente en el progreso nacional. Bello cree en la libertad de esta tierra, pero él sólo ve libertinaje, «embriaguez licenciosa, en las orgías de la imaginación». En su discurso, por tanto, delineó un ordenado y eficiente modelo educacional, lo que tenía en mente. Si cumplió sus expectativas es materia de otro análisis, pero ahí reside, creemos, la importancia de esta casa de estudios —amparada en la herencia de Bello— en el desarrollo educacional chileno.


[1] Jaksic, Iván; “Andrés Bello y la prensa chilena, 1829-1844”, en: Alonso, Paula (comp.) Construcciones impresas (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004), p.109
[2]
Bello, Andrés; Discurso pronunciado en la instalación de la Universidad de Chile el día 17 de septiembre de 1843. Las citas presentadas a continuación y que van entre comillas corresponden a las palabras de Bello en esa intervención.
[3]
Recién a fines del siglo XIX se impondrá en nuestro país la “Cuestión social”, en parte gracias a la contribución de las reflexiones eclesiásticas en torno al tema. Por ejemplo, la publicación de la encíclica Rerum Novarum, promulgada en 1891, que versó sobre las clases trabajadoras.
[4]
Subercaseaux, Benjamín; Chile o Una loca geografía (Santiago: Editorial Universitaria, 2001)
[5]
Recordemos que durante el siglo XIX la Iglesia y Estado eran un organismo simbiótico y mutuamente influenciado. Esta relación sólo se quebrará en 1925, con el advenimiento de una nueva Constitución política.

19 Octubre 2009

¡Mueren los géneros!: ¿viva la crónica?*

PCV.- Es un modelo escurridizo y promiscuo. Ya sea una reflexión o un relato anecdótico, la crónica se funde con la narrativa de ficción y produce lo mejor del periodismo, libre de ínfulas académicas o arrogancias eruditas. Seis voces del periodismo criollo entregan su definición. Ver más+

{*Artículo publicado en Puro Periodismo}

18 Octubre 2009

Google Books: en busca de la biblioteca universal

PCV.- Hace casi un año -noviembre de 2008- que Google Books llegó a un acuerdo con el Authors Guild y la Asociación Americana de Editores para continuar la digitalización de libros que la gran G ya estaba desarrollando. Para saber en qué consiste este acuerdo -que aún requiere de la aprobación de una corte federal estadounidense-, exponemos algunos puntos:

  • La vista previa gratuita abarcará un 20% del contenido total de los libros protegidos por derecho de autor que no son de circulación actual.
  • Sólo desde Estados Unidos, por el momento, se podrá comprar un acceso a la versión digital completa, a través de internet.
  • Las instituciones de índole educacional podrán suscribir acuerdos de consulta para sus miembros.
  • Los libros más nuevos sólo serán mencionados, y no se incluirá la vista de ningún fragmento.
  • Los libros cuyos derechos de autor ya hayan caducado podrán ser leídos, descargados y consultados gratuitamente.

Para que el resto de los países puedan gozar de los mismo beneficios, Google Books deberá entablar acuerdos con cada nación. Actualmente, el motor de búsqueda alberga 7 millones de textos completamente digitalizados, gracias a los acuerdos logrados con importantes bibliotecas. ¿El primer gran paso para la biblioteca total?

14 Octubre 2009

Racism in the XXI century

PCV.- The recent discussions about the health care reform promoted by the Obama administration, and the embarrassing episodes in the Congress -like the statement made by senator Joe Wilson, saying that the president was a liar-, have put again the question in the public opinion: if someone opposes the president, ¿is that person racist?

Newspaper around the country show how discrimination and racism -in different levels- still endure among the american people. Two examples: a sheriff candidate suffers the slurs of the Ku Klux Klan and poverty in Indiana hits African Americans and Latinos harder than white people.

The following presentation includes some background on the topic of racism in the XXI century, as well as some news articles related to discrimination and poverty issues.

11 Octubre 2009

Aprueban Ley de Medios en Argentina*

PCV.- Los medios de comunicación y la oposición denunciaron el control que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández lograría con la nueva legislación de Servicios de Comunicación Audiovisual. La autoridad, en tanto, celebra la aprobación de una ley «antimonopolio». En Puro Periodismo ponemos los argumentos en la balanza. Ver más+

{*Segundo artículo en Puro Periodismo}

6 Octubre 2009

El plebiscito pasa, las portadas quedan*

Fortín Mapocho - 11 de octubre de 1988PCV.- El miércoles 5 de octubre de 1988 los chilenos votaron para dirimir una continuidad o un cambio: el Sí a ocho años más de Augusto Pinochet en el poder, o el No que saludaba a la democracia. A 21 años del plebiscito que marcó el retorno a la democracia, revisamos las portadas de la prensa capitalina que informaron —o celebraron— el triunfo del No en las urnas. Ver más+

{*} Primer artículo publicado en Puro Periodismo, revista de medios de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado.

3 Octubre 2009

«Las Grandes Alamedas»: una mirada a la mirada de Patricio Navia (II)

Patricio NaviaPCV.— En el libro Las grandes alamedas, Patricio Navia sugiere que el crecimiento económico y el combate a la pobreza y desigualdad —la triple alianza del desarrollo, como él la denomina— es el detonante de la principal disputa ideológica en la sociedad chilena post Pinochet, donde destacan las reformas económicas de la dictadura, la buena utilización de éstas por la Concertación para combatir la pobreza, pero con un flagrante fracaso en la reducción de desigualdades, donde el Estado —a su juicio— debe intervenir.

Con un análisis retrospectivo que concede éxito a la dictadura y a las políticas neoliberales que le permitieron al país gozar de la mayores tasas de crecimiento del siglo XX, el autor también consigna que la excesiva pobreza derivada de estas reformas dejó de manifiesto que el período de Pinochet no tomó el peso de lo que significa una mala distribución de la riqueza y menos aún de la importancia de la democracia.

La ausencia de políticas públicas destinadas a reducir los niveles de desigualdad era notoria y sintomática de una falta de desconocimiento o, si se quiere, de la actitud de una elite que prefirió desentenderse del problema. En 1990, con el inicio de la transición democrática, un 10% de la población, el sector más rico del país, recibía casi la mitad de los ingresos totales.

Así como Navia está convencido de que la relación pobreza-desigualdad-crecimiento debe recibir respuestas focalizadas por parte de los gobiernos, la principal diferencia en esta triple alianza guarda relación con el rol del Estado. Mientras tanto el sector público como el privado tienen un papel importante en la generación de riqueza, es el Estado —a juicio del autor— el que tiene un papel indispensable en el diseño de políticas públicas en contra de la pobreza y desigualdad.

Navia analiza el marco en que el crecimiento económico se ha desarrollado en las últimas décadas. Mientras que durante gran parte del siglo XX el Estado fue un obstáculo para los privados en la generación de riqueza —buscando su consolidación hegemónica en esta materia—, durante la dictadura esto se revirtió y, gracias a las reformas neoliberales, «el Estado chileno aprendió a crear las condiciones institucionales y estructurales para que hubiera un ambiente donde se pudiera generar riqueza»[1]. Sin embargo, fue sólo a partir del primer gobierno de la Concertación que se redujeron los niveles de pobreza junto a altas tasas de crecimiento. La dictadura sólo sembró; la transición, cosechó.

De esta forma, la disminución de pobreza e indigencia gozó del impulso de la actividad económica en los primeros años de la década de los noventa. Pero a partir de la recesión económica de fines de siglo, de la «pérdida de la receta» para alcanzar elevadas tasas de crecimiento saludable, la duda que se ha instalado es si Chile podrá retomar la vía correcta para la generación de riqueza. Una vez que se estancó la actividad económica también lo hizo la disminución de la pobreza que la Concertación había logrado. Del 38,6% de pobres en 1990 se disminuyó a un 21,7% en 1998, pero después la reducción se ralentizó: 20,6% de pobres en el 2000.

Para Navia, recuperar la receta del crecimiento económico no sólo debiera ser argumento de la derecha, puesto que renunciar a políticas macroeconómicas conducentes al crecimiento —como en el caso de ciertos sectores de la izquierda— implica renunciar a la defensa de políticas que reduzcan la pobreza. Así, la diferencia entre la derecha y la izquierda debería acentuarse en las políticas de distribución que cada sector privilegia en tiempos de altas tasas de crecimiento y no desestimar a priori esta condición necesaria para luchar contra la pobreza.

Volviendo al explosivo desarrollo experimentado por la economía durante los noventa, Navia plantea que esta expansión «nos llevó a percibir las mismas diferencias de siempre [en materia de ingresos] como más acentuadas»[2] ya que, durante ese tiempo, no presenciamos grandes variaciones en la distribución de la riqueza. Para él, la desigualdad puede ser la misma en términos proporcionales, no así en términos absolutos que parece incrementarse cuando el país es más rico.

Es en este punto donde Navia no sabe qué postura tomar; para él, un crecimiento alto —un hipotético 9,4% distribuido desigualmente entre ricos, clase media y pobres— o un crecimiento moderado —5% repartido equitativamente— reflejan prioridades distintas. La tasa alta genera mayores desigualdades mientras la tasa baja, al menos, mantiene las desigualdades estables pero genera menor crecimiento. En este sentido, Navia plantea que la discusión sobre ambas opciones no se ha producido y es un tema pendiente —pese a la preeminencia del crecimiento en la campaña presidencial de la derecha en 1999—, generando discrepancias entre Concertación y Alianza, incluso al interior de ambas coaliciones.

Lo que sí se aventura a proponer es la intervención estatal —sea con una tasa alta o baja— para distribuir de mejor manera los ingresos en aras de reducir las desigualdades. Pero, al mismo tiempo, aparecen las interrogantes sobre los límites permitidos y las atribuciones del Estado en esta materia.

La desigualdad, según lo constatado por Navia, ha sido un problema histórico en Chile. Durante la dictadura la distancia entre los más pobres y la clase media disminuyó pero la distancia entre ésta y el 20% más rico aumentó, acentuando el problema. A partir de la transición, no obstante, la distribución del ingreso no varió sustancialmente: se mantuvo estable. Todos los sectores mejoraron sus ingresos en un contexto de tasas elevadas, pero, para Navia, la Concertación poco logró en aminorar los niveles de desigualdad históricos si se compara con sus aciertos en la lucha contra la pobreza.

Y a partir de lo anterior es que Navia aborda la percepción negativa que tiene la opinión pública sobre la desigualdad y el desconocimiento, en materia de encuestas serias, sobre la relación que establece la gente entre crecimiento y menor desigualdad. El autor plantea la siguiente disyuntiva: ¿es mejor un país donde aumenta la pobreza pero disminuye la desigualdad, o viceversa? La disminución de ambos factores sería el ideal ya que cualquier otra situación —menos pobres, mayor desigualdad— sería menos que óptima.

En resumen, Chile tuvo la receta del crecimiento, luchó exitosamente durante algunos años contra la pobreza, pero fracasó al enfrentar el problema de la desigualdad; «Chile después de Pinochet es un país más rico, con menos pobres, pero continúa siendo desigual»[3]. El Estado, por tanto, aparece como el ente regulador en este ámbito.

Los planteamientos de Navia, no obstante, avizoran problemas a largo plazo que no deben ser desestimados, por marginales que sean. Cuando el autor señala que «las sociedades más desiguales a menudo son también aquéllas donde predomina la violencia, existe poco capital social y hay bajos niveles de confianza interpersonal»[4], está constatando una situación que también puede darse en un contexto de bonanza económica. No es apresurado suponer que, en sociedades estables y promisorias, las demandas de los grupos más excluidos pueden sufrir un aumento, operando en la lógica de «si las desigualdades se mantienen pero el país crece, algo está funcionando mal».

Las desigualdades en el ingreso fueron tema de campaña en las últimas elecciones presidenciales y aún así pareciera que la situación no vislumbra variaciones sustanciales. Con una cierta recuperación en el crecimiento económico pronosticado para el 2010, el año del Bicentenario, las posibilidades para implementar políticas redistributivas son inmejorables.

Además, y de acuerdo a lo afirmado por Navia, la desigualdad puede ser disminuida independiente del crecimiento de un país. No podemos depender de la lógica derechista del «chorreo» ni de la estrategia de la izquierda de «combate a la pobreza igual reducción de desigualdades». Si el tema predominó en la campaña presidencial Lagos-Lavín, si fue la principal bandera de lucha —y propagandística— de todos los sectores políticos, es necesario que el Estado enarbole esta bandera, usando los términos de Navia, y aplique políticas impositivas con eficacia real —planes de empleo, incentivos, subsidios— y no reformas cosméticas —ampliaciones del metraje de la vivienda social básica, remozamiento de barrios marginados, etc.—. Con eso no se soluciona el problema de la pobreza y la desigualdad, sólo se maquilla.

Si durante la dictadura el tema de la triple alianza sólo se centró en el crecimiento, en el Chile post Pinochet del siglo XXI están las condiciones necesarias —estabilidad social y democrática, ahorro por superávit, crecimiento «saludable»— para que las discusiones en torno a ésta puedan ser encauzadas en una alameda viable por medio de políticas efectivas y reales. El tema ha sido instalado en el espacio público, «pero verificar la existencia de un hecho no significa hacer algo para corregir esa falencia»[5]. Sólo queda esperar que la constatación social y política se transforme en reformas estructurales, verificables en los números y palpables en la cotidianidad.


[1] Navia, Patricio; Las Grandes Alamedas: El Chile post Pinochet (Santiago: La Tercera-Mondadori, 2004), p. 154
[2]
Navia, Patricio; op. cit., p. 161
[3]
Navia, Patricio; op. cit., p. 173
[4]
Navia, Patricio; op. cit., p. 151
[5]
Navia, Patricio; op. cit., p. 171

18 Septiembre 2009

¿Qué celebramos en estas Fiestas Patrias?

PCV.- Raro es que para las Fiestas Patrias no celebremos la declaración de independencia, que ocurrió el 12 de febrero de 1818. Esta última fecha sí se conmemoraba, mucho tiempo atrás, en la primera mitad del siglo XIX, cuando la República nacía al son de las balas, los ensayos constitucionales y el autoritarismo portaliano. En su libro ¡Chile tiene fiesta! (Lom, 2007), la historiadora Paulina Peralta identifica tres fechas en disputa: la primera junta de gobierno (18 de septiembre de 1810), el 12 de febrero de 1817 y 1818 (Batalla de Chacabuco; declaración de independencia) y el 5 de abril de 1818 (Batalla de Maipú).

Primera Junta de Gobierno

¿Por qué en 1837 optamos por  la primera? Quizás por razones políticas: olvidar los triunfos de O’Higgins. También económicas: ¡no hay erario público, en esa época, que financie tres fiestas patrias! Pero la pregunta sigue ahí: ¿por qué la primera junta de gobierno, una reunión de vecinos ilustres que dieron apoyo al monarca español secuestrado por Napoleón? ¿Celebramos una iniciativa republicana, independentista, autonómica? ¿O es porque el hito antecede en siete, ocho años a los verdaderos eventos del origen de nuestro país y le da legitimidad, antigüedad y abolengo?

¿Qué celebramos estas Fiestas Patrias?

¿Celebramos a Mateo de Toro y Zambrano y cía, juntos en defensa de la corona de Fernando VII? ¿A Carrera, Rodríguez, O’Higgins? ¿El triunfo en las batallas entre chilenos-argentinos y españoles? ¿La Aurora de Chile, el primer panfleto de producción nacional? ¿La Biblioteca Nacional, el Instituto Nacional, el Congreso Nacional, todos germinando en estas fechas?

¿Celebramos el corto periodo de ensayos constitucionales (o de anarquía como dicen otros)? ¿A Manuel Blanco Encalada, el primer presidente chileno, pero que era argentino, del Río de la Plata? ¿A pelucones y pipiolos? ¿A Portales con su estanco, con su epistolario aterrador y fascinante, a su «peso de la noche» que tanta tranquilidad y orden le trajo a la nación? ¿A la Constitución de 1833, la más longeva de nuestra historia, que funcionó como presidencialista y parlamentarista?

¿Celebramos a la Universidad de Chile (1842), cuna del desarrollo educacional chileno? ¿A Andrés Bello, su primer rector, un intelectual de peso, pero que era venezolano y ex funcionario colonial, y que decía que la única patria «es la ley»? ¿A la educación de hombres y «señoritas»? ¿A la férula que azotaba y disciplinaba?

¿Celebramos los triunfos militares, las «glorias del ejército»? ¿El triunfo contra peruanos y bolivianos por  partida doble, en 1839 y en la década de 1880? ¿La toma del Morro? ¿El hundimiento de la Esmeralda? ¿Al ejército siempre triunfador? ¿A los héroes de la Concepción? ¿A los caídos en Antuco?

Parada Militar

¿Celebramos la tradición? ¿El Te deum ecuménico? ¿El traspaso de la banda? ¿La piocha de O’Higgins? ¿El 21 de mayo? ¿La Parada Militar? ¿La arquitectura, lo urbano? ¿La apertura de La Moneda? ¿La construcción de estadios, carreteras y ‘Costaneras Centers’? ¿Las inconexas ciclovías? ¿Las descuidadas y silenciosas bibliotecas, los cafés literarios?

¿Celebramos el nacimiento y desarrollo de las letras criollas? ¿Fue Alonso de Ercilla, con su Araucana, el primero? ¿O es mejor leer a Blest Gana y su Martín Rivas? ¿A los novelistas? ¿Qué pasa con los poetas? ¿Huidobro, Neruda, De Rockha, Parra, Lihn? ¿Y la Mistral, que hoy aparece sonriente en un nuevo billete de cinco mil pesos, pero que recibió el Nobel de Literatura antes que el Premio Nacional, y que vivió alejada de su terruño, legando todo a su amiga estadounidense? ¿A Bolaño, que hoy es libro de cabecera de la elite cuando antes era un desconocido que vivió en México y murió en Blanes, un pequeño pueblo al sur de Barcelona?

¿Celebramos al hacendado o al peón? ¿Al siútico de Óscar Contardo o al roto de Joaquín Edwards Bello? ¿Al bajo pueblo -como le llama Gabriel Salazar- o a la casta política y dirigente de los designios del país? ¿Al empresario, al capitalista? ¿A los nuevos ricos y a los eternos pobres? ¿A los pokemones, emos, visuals, punkies o raperos? ¿Al mamón y al nerd, al bacán y estiloso? ¿Al curadito del Parque O’Higgins, el mismo que sale todos los años en la noticias, con la caña de una buena celebración, con el sudor etílico por la patria?

¿Celebramos la prensa nacional? ¿El Mercurio, La Nación, El Diario Ilustrado, La Tercera de la Hora? ¿A los que han sobrevivido, a los que han desaparecido? ¿La prensa ideológica, de trinchera, el periodismo libre y dialogante, fiscalizador del poder? ¿O a la prensa de farándula, enredada en chismes, comentando la portada de Las Últimas Noticias? ¿A nuestros noticiarios de televisión, al culto por el instante, al ver para creer de Santo Tomás? ¿A la radio que acompaña, a la música que transmite, a la palabra que comunica?

¿Celebramos el deporte que nos une, por 90 minutos o en cinco sets? ¿Al Chino Ríos, que hablaba poco, que fue número uno y que «no estaba ni ahí»? ¿A González, de buena cuna, de resultados constantes? ¿A Massú, Capdeville, Silberstein, Podlipnik, todos con apellidos tan poco chilenos? ¿A Zamorano Zamora, Iván Luis, que hablaba con acento español; a Salas Melinao, el descendiente de griegos, al de pasado helenístico? ¿A la Roja de todos que cuando gana nos alegra y cuando pierde nos deprime? ¿A la marraqueta más gorda y sabrosa del triunfo colocolino? ¿A nuestros hitos futbolísticos? ¿El tercer lugar el 62, la Libertadores del 91? ¿A Bielsa, a quien preferiríamos decirle «pibe, sos un monstruo» por lo muy argentino y dedicado que es?

¿Lo que nos une?

¿Celebramos la cueca, la cumbia o el reggaetón? ¿Un esquinazo bien chileno o un perreo bien espontáneo? ¿La Nueva Ola, el Rock del Mundial, a Lucho Dimas y Cecilia? ¿El Festival de Viña, que partió como kermesse comunal y creció y creció para convertirse en el engendro que es hoy? ¿A Los Prisioneros, con sus peleas, hits y polémicas? ¿A la canción de protesta o a la balada romántica? ¿A la música comprometida, poética, aburrida y lenta, o a la producción comercial, rítmica, capitalista y alienante? ¿Al rock andino de Los Jaivas, elogiado, nunca superado, o expresiones detestables como Lulu Jam?

¿Celebramos la Teletón, a Don Francisco? ¿Al cómputo final o a los codazos de las figuras? ¿A la causa noble o al show mediático? ¿A la generosidad de las empresas o al oportunismo de las mismas? ¿A la solidaridad comprometida del Padre Hurtado o a la caridad de la limosna? ¿A una iglesia conservadora en lo sexual y progresista en lo social?

Suma y sigue… todo y nada al mismo tiempo. ¿Qué celebramos, Dios? ¿Qué diantres celebramos?

15 Septiembre 2009

«Las Grandes Alamedas»: una mirada a la mirada de Patricio Navia (I)

Las Grandes AlamedasPCV.—Imbuidos de un espíritu patriotero, en Cosmópolis damos inicio a una serie de artículos para revisar Las Grandes Alamedas: El Chile post Pinochet, del cientista político Patricio Navia, un libro que —como un espejo— revisa el ayer y hoy de nuestro país a la luz de determinados fenómenos: la participación electoral, la fortaleza de la democracia, la pobreza, la desigualdad y el crecimiento. Porque el mes de la patria no sólo es chicha y empanada: es también una oportunidad para mirarnos retrospectivamente: lo que fuimos, somos y queremos ser.

1. De las concepciones y prácticas democráticas
En el libro Las Grandes Alamedas, Patricio Navia plantea que el Chile construido después de la dictadura de Pinochet es radicalmente distinto al Chile anterior a 1973. Eso sí, aclara que su postura ve estos cambios como beneficiosos y prepara su argumentación para desmitificar la sociedad pre-Pinochet, beatificada por algunos sectores e idealizada, de alguna manera, por los Informes de Desarrollo Humano producidos por la oficina nacional del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, desde mediados de la década de los 90. El mito pre 73 es, por tanto, la principal barrera que Navia quiere derribar puesto que «el Chile de antes era mucho menos cordial y amable para la mayoría de sus habitantes que lo que evocadoramente nos quieren hacer creer algunos»[1].

El análisis de Navia se enfoca en la construcción del mito del Chile pre 73. El momento en que éste sale con más fuerza es a fines del siglo XX cuando el país recién frenaba su desarrollo económico después de 15 años de crecimiento ininterrumpido. El sentimiento de añorar el pasado se incubó, pese a las buenas expectativas que se vaticinaban, al interior de la Concertación (el sector autoflagelante), criticando las falencias del modelo y el escaso desarrollo de capital social, al mismo tiempo que, en la elección presidencial de 1999, se perdió la mayoría absoluta de las elecciones anteriores. El modelo heredado de la dictadura era el legado de Pinochet y, por lo tanto, debía ser sometido a regulaciones que lo ayudasen a desmarcarse de su pasado, a través de, por ejemplo, una intervención más activa del Estado.

Navia arguye revisando cuatro aspectos que han cambiado en su esencia. En primer lugar, la economía, en cuarenta años, se expandió en un 500% mientras la población solamente se duplicó, lo que permitió reducir drásticamente la pobreza. En segundo lugar, la mortalidad infantil se redujo de cien niños muertos por cada mil nacidos vivos en 1960 a menos de diez niños muertos por cada mil nacidos vivos en el 2000. La educación, en tercer lugar, mejoró ostensiblemente los niveles de alfabetización y del 0,8% de la población que asistía a la universidad en 1970, se pasó al 2,7% en 1997. Y en cuarto lugar sitúa la inflación como un fantasma del que la sociedad chilena ya se ha liberado, en especial la clase media y la media baja, las más afectadas por este flagelo económico.

Para desmitificar el Chile pre 73 y acallar las críticas al modelo actual, el autor alude a los proyectos revolucionarios desarrollados en el país a partir de la década de los sesenta. «De no haber existido insatisfacciones –dice-, hubiera sido innecesario buscar dichos cambios (a las falencias que presentaba el modelo en esos tiempos)»[2]. Con esto, Navia sostiene y reafirma su postura que califica a ese Chile de antes como el de la exclusión, donde la única certeza que había para la población es que si habían nacido pobres, morirían pobres probablemente.

Sin embargo, el principal mito que el autor desmiente es aquel que alude a la alta participación electoral y a la conducta cívica admirable del Chile anterior, sensación exacerbada por los altos niveles de polarización registrados a fines de los sesenta. En concreto, el autor afirma que los datos y la evidencia indican que la participación electoral era más baja que lo que la época de conflictos referida ha instalado en el imaginario colectivo.

La última elección presidencial previa a Pinochet fue la de Allende, en 1970, y sólo registró un 56,2% de participación (del total que podía sufragar) Esto se agudiza al constatar que fue un descenso respecto a la elección de Frei (61,6%). Contrastado con esto, en 1988, el año del plebiscito, votó un 89,1% de los inscritos en los registros electorales (aunque Navia sabe que se trata de una excepción) y sólo en diciembre de 2001, para las elecciones parlamentarias, «la tasa de participación electoral cayó por debajo de la observada en las parlamentarias de 1973»[3]. Es decir, a partir del retorno a la democracia, con la definición plebiscitaria, la participación de la ciudadanía comenzó a declinar como era de esperar, aunque siempre para las definiciones presidenciales la tasa fue mucho más alta. El proceso electoral tiene más interés –apunta Navia- cuando hay más cosas en juego, en comparación con los procesos municipales o parlamentarios. Así, en la segunda vuelta de la elección entre Lagos y Lavín, un 90,5% de los inscritos acudió a las urnas, lo que constituye una participación casi absoluta.

Es incuestionable la veracidad de las cifras; la participación electoral en el Chile pre 73 no era un ejemplo de actitud cívica ni nada parecido. No obstante, Navia no incorpora en su análisis algunos aspectos que grafican el itinerario de la democratización iniciada a mediados del siglo pasado que comienzan a suprimir la exclusión característica de Chile durante todo el siglo XX.

En primer lugar, las mujeres sólo obtuvieron el derecho a voto en 1949, ampliando el padrón con el voto conservador que aportaban. Segundo, la Ley de Cédula Única puso fin al cohecho y garantizó la legitimidad y el secreto del sufragio. Y, por último, se rebajó la edad para votar de 21 a 18 años, ampliando el universo electoral como nunca en las décadas previas. Sin embargo, el autor reconoce esta democratización y, al mismo tiempo, cree que no alcanzó a ser plena y completa al momento del quiebre en 1973, contribuyendo, en parte, a generar el mito analizado.

Despedida de Allende

Volviendo a las elecciones más recientes, y reconociendo que pese a los profundos cambios sociales las preferencias electorales se han mantenido constantes, Navia señala que la división Si/No del plebiscito es la que ha regido todas las elecciones posteriores. Entonces, ¿por qué todavía no podemos superar el conflicto democracia dictadura? Porque el 80% que participa hoy en las elecciones es el mismo del 5 de octubre de 1988. En otras palabras, el padrón electoral está envejecido, los jóvenes no se han inscrito –unos dos millones de la Población en Edad de Votar- y esto ha mantenido las posiciones políticas del electorado prácticamente inalteradas.

Según Navia, de acuerdo a la Constitución de 1980, el sistema electoral, denominado binominal porque elige a dos parlamentarios por distrito, ha consolidado un duopolio político formado por la Concertación y la Alianza, donde cada coalición tiene muchas posibilidades de obtener un escaño por distrito, con pequeñas variaciones. Es decir, el doblaje necesario para ganar los dos cupos es tan costoso, que los partidos se han acostumbrado a ganar sin expectativas de doblar la votación de los oponentes.

Además, los actores políticos de la elite gobernante y opositora son los mismos desde hace tres décadas, o más, y su manutención es un factor que ha determinado la añoranza del Chile pre 73 y la división Si/No que ha caracterizado a la política nacional.

¿Qué propone el autor ante esto? En sus términos, la principal amenaza para el clivaje Si/No es el derrumbe de las barreras de entrada al sistema de votación. El primer cambio consiste en disminuir las trabas de incorporación, esto es, promover la inscripción automática y el voto voluntario. El segundo se basa en una reforma al sistema electoral que acabe con las certezas del duopolio establecido durante los noventa. Sólo así la participación adquirirá la relevancia de los niveles de 1988, cuando el triunfo electoral para ambos polos era incierto.

La política hoy en día no promete cambios ideológicos importantes. Los discursos y las promesas electorales difieren en los aspectos más ínfimos. La elección de 1999 revivió la división dictadura democracia. Y, en ese sentido, el análisis y las propuestas de Patricio Navia son atendibles. El clivaje Si/No debe pasar al olvido si la derecha política desea desligarse de su pasado junto a la dictadura. El concepto histórico de la derecha en Chile no puede ser extrapolado a la derecha de hoy, aunque tal cambio es muy difícil de aceptar puesto que son los mismos rostros de antaño quienes figuran en las altas cúpulas y la renovación de figuras no ha sido más que un efecto cosmético sin injerencia real que no evita que muchos de aquellos que votan miren al pasado de la derecha y se topen con la condenada figura de Pinochet.

Y esto ocurre de igual forma con los próceres de la Concertación que iniciaron su participación política en las décadas de los 60 y 70. Para ellos, el golpe militar fue, valga la redundancia, un golpe traumático, que coadyuvó a resignificar sus posiciones políticas, a reconocer el fracaso del proyecto de la izquierda y a despolitizar a la población una vez que se logró el retorno a la democracia, proceso que estuvo marcado, para ellos, por el fantasma del quiebre de 1973.

El sistema binominal que ha proporcionado estabilidad a nuestro escenario político, dejando en el olvido los tres tercios, no ha podido, sin embargo, garantizar que las minorías logren representación. La búsqueda de equilibrios ha dado paso al duopolio mencionado por Navia, excluyendo a todos aquellos sin el peso político y sin las alianzas necesarias para querer aspirar a un escaño en el parlamento.

Empero, la discusión que se ha iniciado en torno a la reforma del sistema electoral debe considerar los riesgos que provocó en el pasado el fraccionamiento del poder que nos llevó a convivir con tres tercios parejos irreconciliables, sin vocación de alianza y enfrentados ideológicamente. Enfrentamiento que fue detenido de golpe el 11 de septiembre de 1973.


[1] Navia, Patricio; Las Grandes Alamedas: El Chile post Pinochet (Santiago: La Tercera-Mondadori, 2004), p. 50
[2]
Navia, Patricio; op. cit., p. 67
[3]
Navia, Patricio; op. cit., p. 87

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12 Septiembre 2009

Reseña: «Globalización, desarrollo y democracia», de Manuel Castells

Castells escribe sobre la Globalización en ChilePCV.— El libro Globalización, Desarrollo y Democracia: Chile en el contexto mundial, del catalán Manuel Castells, desarrolla un acabado análisis sobre nuestro país, y su capítulo III se enfoca, particularmente, en el desarrollo económico experimentado en los últimos veinte años.

Castells identifica dos modelos de desarrollo. El primero, nacido al alero del gobierno militar, lo denomina como modelo autoritario liberal excluyente y se caracteriza por marginar a amplios sectores de la población de los beneficios del crecimiento económico y por prohibir la participación política y social de la ciudadanía. El segundo modelo, impuesto con el retorno a la democracia a principios de los años noventa, lo denomina como democrático liberal incluyente. Las diferencias con el modelo anterior marcan un cambio en el rol del Estado, a saber, aplicación de políticas redistributivas con el objeto de beneficiar a la población, actividad política sin censura, fin de restricción a los grupos sociales.

Una vez hecha esta distinción, el autor plantea que el segundo modelo ha sido más eficiente ya que ha generado mejores resultados macroeconómicos, como el crecimiento sostenido del PIB. Sin embargo, Castells se cuestiona si dentro de las condiciones actuales –cambios constantes de la economía globalizada y posible agotamiento de los factores que contribuyeron al crecimiento en los años anteriores– el modelo chileno de desarrollo puede seguir su curso. En forma de interrogante: «¿Es sostenible el modelo chileno de desarrollo?»[1].

Antes de aventurarse a responder esta pregunta, Castells realiza una acuciosa radiografía al modelo de desarrollo impuesto durante los gobiernos de la Concertación, y establece seis reformas impulsadas durante los años noventa que, a su parecer, han cambiado sustancialmente el panorama económico chileno.

Un primer paso se logró con la consolidación democrática, elemento económicamente fundamental, puesto que proporcionó mayor activismo social, niveles de seguridad, confianza y transparencia del sector público inéditos a la fecha. La estabilidad económica se logró con el fin de la dictadura: «desarrollo y democracia son complementarios»[2] señala el autor. A continuación, la apertura económica se afianzó y generó las condiciones para la firma de los Tratados de Libre Comercio durante el mandato de Ricardo Lagos. Otra reforma es la política de superávit en el sector público, sumada a la política antiinflacionista, mediante elevadas tasas de interés, que actuó contrarrestando el incremento del gasto público en salud, vivienda y educación. En esta misma línea, el aumento responsable de salarios mantuvo la credibilidad de la medida antiinflacionista y sirvió como sustento para crear un sistema de relaciones industriales, reformando el Código Laboral. Y, por último, las políticas públicas destinadas a frenar los capitales especulativos a corto plazo, principalmente mediante impuestos.

Todas estas medidas han propiciado un desarrollo económico sostenido, que ha disminuido ostensiblemente los niveles de pobreza e indigencia y ha aumentado la cobertura educacional y el equipamiento del hogar, por nombrar algunas consecuencias positivas. Este desarrollo es derivado, según Castells, «de la productividad y competitividad crecientes de la economía en su conjunto, no del efecto de un sector que tira de los demás»[3]. Es a partir de esto que sugerirá las iniciativas adecuadas que permitirán mantener el crecimiento, aspecto que desarrollaremos más adelante.

Dentro de todo este contexto de una economía sana y dinámica, llegó una pequeña ruptura, no tanto ligada al crecimiento sino que relacionada con el sentimiento de identidad colectiva de los chilenos. Para Castells, la crisis económica de 1999 dejó al descubierto que los chilenos, durante todos estos años de bonanza post-dictadura, se habían apoyado en el único proyecto colectivo con significado social: el desarrollo económico. Era un claro reflejo de que, al parecer, las instituciones aún eran frágiles y el sentimiento político no había recobrado la solidez y significación de antaño. Con el propósito de remediar esta crisis psicológica, el autor propone deseconomizar la problemática de vida colectiva; sólo así se podrán reedificar los cimientos básicos de convivencia y de proyecto, construidos anteriormente sobre pilares de baja estabilidad. No obstante, tal labor solamente se puede llevar a cabo a partir de «una situación de prosperidad relativa y de distribución de esa prosperidad en el conjunto de la población»[4]. Es decir, establecer un círculo de necesidades interdependientes.

Manuel Castells

Como señalamos anteriormente, las medidas efectuadas por los gobiernos de la Concertación aseguraron el crecimiento del país. Pero, ¿qué aspecto técnico varió y contribuyó en esto? Castells, valiéndose de un análisis del Banco Central, cree que este crecimiento vino dado por la productividad y competitividad crecientes de la economía en su conjunto y no del efecto de un solo sector que pujó por todos. El nuestro sería un desarrollo más propio de los modelos intensivos, que combinan mejor los factores de producción, muy característico de las economías informacionales.

Castells cree que el paso que Chile tiene que dar para consolidar su crecimiento es alcanzar un modelo informacional de desarrollo. Y para eso, nuestro país tiene que asegurar la sostenibilidad del modelo actual. Un primer sostén básico es el consenso social, esencial para asegurar el rol distributivo e incluyente del Estado, apoyándose en el esfuerzo presupuestario. Un segundo soporte es el ámbito ecológico: los modelos intensivos de crecimiento requieren de un desarrollo más sustentable, que combine calidad y gestión. Y un tercer pilar es el económico. Acá el autor apuesta por utilizar alta tecnología y sistemas de información avanzados en los distintos sectores de actividad. Todo esto garantizaría la manutención de niveles más altos de crecimiento.

Aun cuando reconoce los avances durante los noventa, más bien de carácter cuantitativo, el atraso de Chile en estas materias es evidente. No hay ninguna estrategia aparente que pueda aplicarse calcadamente, pero los modelos de Finlandia y Sillicon  Valley, en los Estados Unidos, pueden arrojar valiosas lecciones en la transición al modelo informacional.

Un primer elemento a considerar, y sin duda uno de los principales, es la innovación de procesos y productos. Un sistema así requiere, necesariamente, de políticas públicas pendientes del progreso y no del beneficio a corto plazo. Un segundo elemento es la calidad de la educación superior y el trabajo articulado que éstas realicen con las empresas. Y como tercer elemento, muy ligado al anterior, subraya la importancia de los recursos humanos y las condiciones de vida de los trabajadores. Estos y otros mecanismos son, a juicio del autor, extrapolables al contexto chileno y serían la base, el sostén de un modelo informacional de crecimiento sostenido.

Cabe destacar que la innovación es la principal falla del modelo actual ya que «presenta lagunas y deficiencias considerables»[5], no obstante los avances e inversiones impulsadas desde el sector público. Según Castells, nuestro modelo no requiere del desarrollo de tecnologías avanzadas, sino que las actividades de todo tipo necesitan incorporar conocimiento, tecnología, gestión e investigación en sus procesos. Después de todo, concluye el autor, «el modelo informacional es la capacidad social y personal de transformar la creatividad en fuerza productiva que permita a su vez el desarrollo de esa creatividad»[6]; es decir, un modelo anclado al desarrollo cultural y a la creatividad que como sociedad podemos generar.

Manuel Castells plantea propuestas y, al mismo tiempo, desafíos para las políticas públicas del país. En esta línea, y contrario a las voces que claman la inutilidad de compararse con países desarrollados, Chile debe tomar ciertos modelos y patrones que puedan guiarnos de mejor forma. No se trata de disminuirse ante la grandeza, sino que sólo buscar nuevas vías.

En primer lugar, el desarrollo demográfico de nuestro país –y de América Latina en su conjunto– está paulatinamente alcanzando los niveles del viejo continente. En otras palabras, la población está envejeciendo. Y las políticas públicas no pueden desconocer esta variable. De ahí la importancia del censo realizado el 2002, una radiografía no tanto del estado actual sino que del cambio, que permite corregir y evaluar el camino recorrido.

Buscar la mejor forma de apuntar al principal índice que nos aleja del desarrollo –la desigualdad– puede nacer de estos datos. Para tal efecto, no basta sólo con las iniciativas de los poderes ejecutivo y legislativo; es necesaria la voluntad conciliadora del sector privado y el aporte subsidiario que pueda otorgarse a las pequeñas y medianas empresas, concentradoras de la mayoría del empleo en nuestro país.

El tema de la crisis de 1999, que a estas alturas debiera denominarse como crisis económica y psicológica, presenta, a su vez, nuevos rasgos del comportamiento de los individuos: tendencias que se asemejan al bienestar de países desarrollados, pero inseguridades propias del subdesarrollo. La ausencia de estructuras políticas sólidas también afecta la estructura económica en el largo plazo. De ahí la importancia de una institucionalidad democrática que garantice los derechos elementales de las personas. De lo contrario, el resultado es una sensación ambiental de escasa confianza en el sistema político. Y tal efecto puede ser catastrófico en situaciones de depresión social.

El autor alaba las medidas exitosas impulsadas durante todos estos años, pero, en cierto sentido, pareciera buscar despertar conciencias en torno al tema. Sabe que puede llegarse a un punto en que el modelo no rinda más, donde se produzca una verdadera depresión del crecimiento. La explicación del proceso llevado a cabo en Finlandia y Sillicon Valley plantea un desafío: la posibilidad de lograr, con las medidas adecuadas, la transición a un modelo informacional de desarrollo. Este punto es esencial ya que no se trata de una comparación antojadiza; Castells propone que sólo de esta forma se puede mantener la sostenibilidad y el desarrollo constante del modelo actual.

El manejo del crecimiento económico tiene que entenderse como un desafío colectivo. De él depende, en gran parte, el futuro de las capas sociales más marginadas por el progreso continuado desde la década de 1980. Y es el crecimiento económico el factor que tiene que aportar criterios sociales que aseguren, como indica el autor, una sólida trayectoria histórica colectiva. Sector privado y público tienen que trabajar estrechamente en su consolidación. La cultura y la sociedad tienen que hacerse parte de este proceso. De ello depende que el modelo democrático liberal incluyente no pase al olvido y se convierta –como parece estar sucediendo– en un modelo excluyente, ineficiente, sordo y ciego.


[1] Castells, Manuel; Globalización, Desarrollo y Democracia: Chile en el contexto mundial (Santiago : Fondo de Cultura Económica, 2005) p. 82
[2]
Castells, Manuel; op. cit., p. 76
[3]
Castells, Manuel; op. cit., p. 75
[4]
Castells, Manuel; op. cit., p. 81
[5]
Castells, Manuel; op. cit., p. 106
[6]
Castells, Manuel; op. cit., p. 112

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5 Septiembre 2009

Citas de «Emilio, o de la Educación», de Rousseau

PCV.— Indagando cómo el individuo puede conservar su bondad natural y originaria —corrompida por las cadenas de la tradición—, en Emilio, o de la Educación Jean Jacques Rousseau recomienda cómo formar a un niño ficticio que sirve de molde para todas sus propuestas. Escrito en 1762, este tratado es considerado la primera obra de filosofía de la pedagogía; está dividido en cinco libros y acá les presentamos citas de su primera parte: infancia de Emilio, desarrollo del lenguaje y libertad de movimiento. Los páginas indicadas corresponden a la traducción de Ricardo Viñas:

«De estas tres educaciones distintas, la de la naturaleza no pende de nosotros, y la de las cosas sólo en parte está en nuestra mano. La única de que somos verdaderamente dueños es la de los hombres, y esto mismo todavía es una suposición; porque ¿quién puede esperar que ha de dirigir por completo los razonamientos y las acciones de todos cuantos a un niño se acerquen?» (p.10).

«Lo mismo sucede con las inclinaciones de los hombres. Mientras que permanecen en un mismo estado, pueden conservar las que resultan de la costumbre y menos naturales son; pero luego que varía la situación, se gasta la costumbre y vuelve lo natural. La educación, ciertamente, no es otra cosa que un hábito. ¿Pues no hay personas que se olvidan de su educación y la pierden, mientras que otras la conservan?» (p. 11).

«Desconfiemos de aquellos cosmopolitas, que en sus libros van a buscar en apartados climas obligaciones que no se dignan cumplir en torno de ellos. Filósofo hay que se aficiona a los tártaros para excusarse de querer bien a sus vecinos» (p. 12).

«Quien se quiera formar idea de la educación pública, lea La República de Platón, que no es una obra de política, como piensan los que sólo por los títulos juzgan de los libros, sino el más excelente tratado de educación que se haya escrito» (p.14).

«El verdadero estudio nuestro es el de la condición humana. Aquel de nosotros que mejor sabe sobrellevar los bienes y males de esta vida, es, a mi parecer, el más educado; de donde se infiere que no tanto, en preceptos como en ejercicios consiste la verdadera educación. Desde que empezamos a vivir, empieza nuestra instrucción; nuestra educación empieza cuando empezamos nosotros; la nodriza es nuestro primer preceptor» (p.16).

«¿[P]uede, imaginarse método más desatinado que el de educar a un niño como si nunca hubiese de salir de su habitación y hubiera de vivir siempre rodeado de su gente? Si da este desgraciado un solo paso en la tierra, si baja un escalón solo, está perdido» (p.17).

«El hombre civilizado nace, vive y muere en esclavitud; al nacer le cosen en una envoltura; cuando muere, le clavan dentro de un ataúd; y mientras que tiene figura humana, le encadenan nuestras instituciones» (p.17).

Jean Jacques Rousseau

«En los países donde no toman tan extravagantes precauciones, son los hombres todos altos, robustos y bien proporcionados. Los países en que se fajan los niños abundan en jorobados, cojos, patizambos, gafos, raquíticos y contrahechos de todos géneros» (p.18).

«Decís que sus voces primeras son llantos. Yo lo creo; desde que nacen los atormentáis; las primeras dádivas que de vosotros reciben son cadenas y el primer trato que experimentan es de tormento. No quedándoles libre otra cosa que la voz, ¿cómo no se han de servir de ella para quejarse? » (p.19).

«Dícese que dejando a los niños libres pueden tomar posturas malas y hacer movimientos que perjudiquen a la buena conformación de sus miembros. Este es uno de tantos vanos raciocinios de nuestra equivocada sabiduría, que nunca se ha confirmado por la experiencia. De los muchísimos niños que en pueblos más sensatos que nosotros se crían con toda la libertad de sus miembros, no se ve que uno solo se hiera ni se estropee; no pueden imprimir a sus movimientos la fuerza suficiente para que sean peligrosos, y cuando toman una postura violenta, el dolor les advierte en breve que la cambien» (p.20).

« [U]n niño seis o siete años en manos de mujeres [...] después de haber sofocado su índole natural con las pasiones que en él se han sembrado, entregan este ser ficticio en manos de un preceptor que acaba de desarrollar los gérmenes artificiales que ya encuentra formados, y le instruye en todo, menos en conocerse, menos en dar frutos de sí propio, menos en saber vivir y labrar su felicidad. Finalmente, cuando este niño esclavo y tirano, lleno de ciencia y falto de razón, tan flaco de cuerpo como de espíritu, es lanzado al mundo, descubriendo su ineptitud, su soberbia y sus vicios todos, hace que se compadezca la humana miseria y perversidad» (p.26).

«[E]s la madre la verdadera nodriza, el verdadero preceptor es el padre. Pónganse ambos de acuerdo tanto en el orden de las funciones como en su sistema, y pase el niño de las manos de la una a las del otro» (p.27).

«Cuando un padre engendra y mantiene a sus hijos, no hace más que la tercera parte de su misión. Debe a su especie hombres; debe a la sociedad hombres sociables, y debe ciudadanos al Estado. Todo hombre que puede satisfacer esta triple deuda y no lo hace, es culpable, y más culpable acaso cuando la paga a medias» (p.28).

«Pero ¿qué hace ese rico, ese padre de familia, tan atareado y precisado, según dice, a dejar abandonados a sus hijos? Paga a otro para que desempeñe afanes que le son gravosos. ¡Alma mezquina! ¿Crees que con dinero das a tu hijo otro padre? Pues le engañas, que ni siquiera le das un maestro; ese es un sirviente y presto formará otro como él» (p.28).

«¿Cómo es posible que un niño sea bien educado por uno que lo fue mal?» (p.29).

«Uno, de quien no sé más que su jerarquía, me propuso que educara a su hijo. Sin duda fue mucha honra para mí; pero lejos de quejarse de mi negativa, debe alabar mi prudencia. Si hubiera admitido su oferta y errado en mi método, la educación habría resultado mala; al acertar con él sería peor; su hijo, hubiera renegado del título de príncipe» (p.29).

«[M]e he decidido a tomar un alumno imaginario y a suponerme con la edad, la salud, los conocimientos y todo el talento que conviene para desempeñar su educación, conduciéndola desde el instante de su nacimiento hasta aquel en que, ya hombre formado, no necesite más gula que a sí propio» (p.30).

Emilio

«Escojamos pues, a un rico; estaremos ciertos de haber hecho un hombre más, mientras un pobre puede hacerse hombre por sí solo» (p.33).

«[Y]o no sé, de modo alguno, enseñar a vivir a quien sólo piensa en librarse de la muerte» (p.34).

«Es necesario que para obedecer al alma sea vigoroso el cuerpo; un buen sirviente ha de ser robusto» (p.34).

«La ciencia que instruye y la medicina que sana, buenas son, sin duda; pero funestísimas la ciencia que engaña y la medicina que mata. Enséñennos a distinguirlas; esa es la dificultad» (p.35).

«¿Queréis hallar hombres de verdadero valor? Buscadlos en los países donde no hay médicos, donde se ignoran las consecuencias de las enfermedades y donde se piensa poco en la muerte. El hombre naturalmente sabe padecer con constancia y muere en paz. Los médicos con sus recetas, los filósofos con sus preceptos, los sacerdotes con sus exhortaciones, son los que acobardan su ánimo y hacen que no sepa morir» (p.36).

«[L]os ejemplos de longevidad los ofrecen casi todos los hombres que más ejercicio han hecho, y que más fatigas y afanes han sufrido» (p.38).

«Mientras que sólo en las cosas, y nunca en las voluntades, hallen resistencia los niños, no serán iracundos ni coléricos y se conservarán más sanos. Esta es una de las causas porqué los niños de la gente pobre, más libres, más independientes, son en general menos achacosos, menos delicados, más robustos que los que se pretende educar mejor sujetándoles sin cesar; pero siempre hemos de tener presente que hay mucha diferencia de obedecerlos a quitarles sus gustos» (p.54).

«Lejos de tener los niños fuerzas sobrantes, ni aun tienen la suficientes para todo lo que les pide la naturaleza; por tanto hay que dejarles el uso de todas cuantas les da y de que no pueden abusar. Primera máxima.
Es preciso ayudarles y suplir lo que les falta, ya sea, inteligencia, ya fuerza, en todo cuanto fuere de necesidad física. Segunda máxima.
En la ayuda que se les diere, es necesario limitarse únicamente a la utilidad real, sin conceder nada al capricho o deseo infundado, porque los antojos no los atormentarán cuando no se les hayan dejado adquirir, atendido que no son naturales. Tercera máxima» (p.57).

«Jactarse de no tener acento, es jactarse de quitar a las frases la gracia y energía. El acento es el alma del razonamiento, el que le da respiración y vida. Menos miente el acento que las palabras; y acaso por eso le temen tanto las personas bien educadas» (p.63).